EL "OTRO" TESTIGO QUE VIO A OSWALD - segunda parte

 


¿Cómo conoció el periodista Thayer Waldo la extraordinaria historia de aquel testigo? El 24 de mayo redactó una declaración para el FBI donde descubría todos los detalles: al parecer, el 9 de febrero recibió una llamada telefónica del abogado Mark Lane que, desde San Francisco, le rogaba que acompañara a la madre de Oswald porque debía tomar un avión a Washington desde el aeropuerto de Love Field, en Dallas, y le gustaría que la acompañara alguien “que conociera y en quien pudiera confiar”.

Allí debía comparecer ante la Comisión Warren. Es muy probable que Marguerite no estuviera a gusto escoltada por agentes del FBI y la policía, y quisiera sentirse arropada por alguien como Waldo, un periodista que podría ofrecer un testimonio imparcial si alguno de aquellos representantes de la ley hubiera intentado alguna maña sospechosa con ella.

En torno al mediodía, el periodista se personó en casa de Margarite y se encontró con Mike Howard, del Servicio Secreto, y Pat Howard, su hermano, de la policía de Fort Worth. Condujeron hasta Love Field donde se encontraron con el Agente Especial Forrest V. Sorrels, a cargo de la oficina del Servicio Secreto de Dallas, y otro agente que la acompañó a ella hasta el avión. En el transcurso de un café y una conversación centrada en los pormenores del caso en el aeropuerto, el oficial Pat Howard le comentó al periodista —siempre según el relato de este último—:

“Waldo, si la comisión no lo ha hecho público para entonces, después del juicio de Ruby yo mismo iré y te contaré una historia con la que explotaría la cabeza de todo el mundo. Solo te voy a decir algo: hay un testigo que presenció el tiroteo y que puede identificar a Oswald sin ninguna duda. ¿Te parece lo bastante bueno?”

 

Ya en el coche, Waldo se sentó detrás y los hermanos continuaron hablando de los pormenores del caso. En un momento, Mike Howard, al volante, exclamó:

 “Ya verás cuando ese chico negro se ponga delante de la comisión y cuente lo que sabe. Entonces se callarán”.

 Pat entonces se giró hacia el periodista, levantando sus cejas y sonriendo, intentando dar a entender que lo que acababa de decir su hermano tenía que ver con lo que le había adelantado en el aeropuerto. Mike, quizá sin reparar que estaba hablando delante de un periodista, le explicó con pelos y señales la historia del conserje del Depósito de Libros que vio a Oswald desde apenas unos metros abriendo fuego contra la comitiva a pocos metros de distancia, afirmando que «le imputaron un delito de vagabundeo para poder retenerlo» y que no desapareciera, aunque más tarde lo llevaron a otro lugar desconocido para el agente especial. Lo único que no dijo fue el nombre del testigo porque “no lo sabía” o “no lo recordaba”.

A lo largo del monólogo, Waldo enfatiza que nunca se dijo que no se pudiera citar aquellos datos o que era un asunto confidencial y, a pesar de que el periodista omitió deliberadamente el nombre de los hermanos Howard en su columna del Fort Worth Star Telegram, tampoco se dijo que ellos debían permanecer en el anonimato.

Por supuesto, el artículo removió cielo y tierra y, tras su publicación, en pocos minutos se hicieron eco la radio y la televisión, e inmediatamente después recibió la llamada de Mike y Pat, solicitándole —ahora sí— que no hiciera uso de sus nombres. Pero entonces se complicó todo:

Waldo no utilizó el nombre de los hermanos en ningún momento sino para validar la historia ante su editor. Ni  cuando hablo con el FBI con respecto a su artículo, en programas de radio a los que fue invitado, etc… Pero entonces recibió la llamada de Mark Lane, quien estaba interesado en conocer los detalles, y solicitó reunirse con él en Fort Worth. En su declaración, expondría: 

“Por su forma de hablar, me di cuenta de que todo cuanto le contara o le mostrara se mantendría en secreto. Lo llevé a la sala de consulta, donde leyó el Star Telegram de la mañana del 10 de febrero. Luego me preguntó si me importaría revelarle mi fuente. Creyendo que se trataba de una pregunta habitual de un abogado, dentro de los límites de la discreción profesional, le conté toda la historia.”

 

Mark Lane no tardó ni un día en explicarle todos los detalles a la Comisión Warren, traicionando, no solo la confianza del confidente, sino la de su cliente, la Sra. Marguerite Oswald. Pero no se quedó ahí:

 


“No volví a saber nada del Sr. Lane hasta un par de semanas después, cuando la Sra. Marguerite Oswald me llamó y me preguntó si podía ir a su casa, ‘ya que tengo varias cosas importantes que mostrarte’.


“Una de las cosas que me enseñó fue un ejemplar del National Guardian del 9 de mayo de 1964. En un artículo de portada se citaba a Mark Lane, revelando todos los detalles que yo le había dado sobre la historia.”

 

Mark Lane utilizó aquella historia para respaldar su propia cruzada contra la Comisión Warren, descubriendo a sus fuentes y dejando en flagrante entredicho la confidencialidad de sus conversaciones. Y no solo las reveló a la institución presidencial encargada de investigar el magnicidio —que aún podría tener una excusa—, sino se animó a llenar páginas en noticiarios y periódicos con los datos más privados de la investigación. Algo que, por otro lado, caracterizó la carrera del abogado, que, a finales de 1963, en cuanto se supo que la Comisión había sido constituida, solicitó por escrito al Juez Supremo de los Estados Unidos y líder del grupo de investigación presidencial, Earl Warren, que se le tuviera en consideración para formar parte del mismo. Fue un agravio mayúsculo ser ignorado, pero mucho más no recibir una respuesta del propio juez, sino una genérica de manos de uno de los investigadores.

Obviamente, Mike y Pat Howard rindieron testimonio ante el FBI por la sospecha de haber divulgado semejante información trascendental ante un periodista, y tuvieron la oportunidad de explicar su versión de los hechos. Y obviamente también, dijeron que nada de aquello era cierto y que no entendían cómo Waldo había llegado a semejantes conclusiones. Pat explicó que “en el viaje de vuelta, MIKE HOWARD mencionó que había un hombre negro en el Texas School Book Depository en el momento en que se produjo el asesinato. Tras el tiroteo, el hombre negro abandonó el edificio apresuradamente porque temía verse implicado de alguna manera, ya que tenía varios antecedentes por delitos menores relacionados con el juego o la vagancia. PAT HOWARD dijo que MIKE HOWARD contó esto como un incidente divertido y que en ningún momento dio a entender que este hombre negro hubiera sido realmente testigo de que alguien disparara al presidente.”



Con respecto a la declaración de Mike Howard delante del FBI y en presencia de su superior, el Inspector Thomas J. Kelley del Servicio Secreto, el 28 de mayo… algo huele raro: primero dice que Waldo nunca se identificó como un miembro de la prensa —algo extraño si pensamos que llevaba más de 24 años como corresponsal en México y Cuba y, habiendo entrado en la plantilla del Fort Worth Star Telegram desde 1962, había estado innumerables veces en el departamento de policía de Fort Worth, donde Pat Howard era ayudante del Sheriff—, y después asegura:

 


“El agente especial Howard declaró que, mientras le contaba este incidente a su hermano Pat, no sabía que Waldo, que estaba en el asiento trasero del coche, pudiera haber escuchado la conversación; sin embargo, Waldo se inclinó hacia delante por encima del respaldo del asiento delantero y le preguntó al agente Howard si esa persona, el hombre negro que era el tema de la conversación, sería llamada a testificar ante la Comisión Warren. El agente Howard declaró que, en tono de broma, le respondió a Waldo: «Pues sí, seguro que será llamado». En respuesta a una pregunta de Waldo sobre dónde se encontraba ese hombre, el ayudante del sheriff Pat Howard respondió en tono de broma: «Probablemente lo tengan escondido en algún sitio».”

 

¿Cómo pudo no recordar Pat Howard este punto en su declaración oficial, por mucha broma que fuera?

El agente especial afirmó que ni él ni su hermano entablaron ninguna conversación directa con el periodista, y aseguró que no recordaba ninguna de las frases que aparecían en los artículos de Lane o de Waldo, y estaba seguro de que nunca dijo que el “conserje negro” era testigo de las supuestas actividades de Oswald en la sexta planta del Depósito de Libros, afirmando que todo parecía ser invenciones del reportero. Como era de esperar, los hermanos negaron cualquier implicación en los hechos relatados por el reportero. Todo era falso. Todo era mentira… pero ninguno se querelló contra él.


En la próxima entrega intentaremos encontrar el desenlace de esta trama porque, si bien hay trazos oscuros en las declaraciones de los hermanos Howard, negando haber narrado una historia extraordinariamente reveladora e inculpadora ante un periodista, que supo aprovechar la oportunidad, lo que es innegable es que hay ciertamente un testigo que concuerda efectivamente con el protagonista descrito en esta historia.

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