"POR FAVOR, LLÁMAME. LEE"

Foto Manny Marín

Las pistas falsas investigadas por el FBI fueron incontables. Durante meses, tanto la policía como el servicio secreto, como la CIA, como el mismo FBI, se dedicaron a recoger testimonios de los mismos implicados y tuvieron que desmenuzar cada uno de aquellos datos, para intuir qué pistas eran fiables y cuáles pertenecían al enorme grupo de despropósitos, que no hacían sino confundir a los analistas. Hoy pondremos sobre la mesa uno que, en sí, no supuso un verdadero desafío al Buró, pero que a mí me costó meses de búsqueda en un tiempo en el que el gran volumen de información no estaba todavía desclasificada o digitalizada.

El 15 de octubre de 1963, poco más de un mes antes del magnicidio, el periódico Dallas Morning News publicó una escueta nota en la sección de mensajes personales breves del periódico, que dictaba:

’RUNNING MAN.’ Please call me. Please, please. LEE” –‘CORREDOR’. Por favor, llámame. Por favor, por favor. LEE—

Al día siguiente, el mismo periódico y en la misma sección, publicaba otro extraño reclamo:


“I WANT THE RUNNING MAN. Please, call me. LEE” –Busco al corredor. Por favor, llámame. LEE—.

Y un día después, el jueves 17, volvía aparecer la ya desesperada petición:

I’VE just got to find “THE RUNNING MAN”. Please call me. LEE” -TENGO que encontrar al CORREDOR. Por favor, llámame. LEE-

El juez Burt W. Griffin fue asesor jurídico adjunto de la Comisión Warren, y el 24 de marzo de 1964 remitió una carta a James Lee Rankin, que ocupara el cargo de asesor jurídico de dicha Comisión —por cierto, su hijo donó a los Archivos Nacionales los expedientes que Rankin mantuvo a lo largo de la investigación de la Comisión Warren, y contienen numerosos borradores de cada capítulo del informe final de la Comisión, así como memorandos, correspondencia, entrevistas, informes de investigación y artículos de periódicos y revistas relacionados con el asesinato—. En aquella carta, instruía a algunos miembros de la comisión a acometer algunos puntos importantes, e instaba a Richard M. Mosk —magistrado del Tribunal de Apelación de California, que el día 2 de enero solicitó formalmente ayudar en las tareas de investigación para la Comisión Warren—, que:

“Consulte las secciones de anuncios clasificados del Dallas Morning News y del resto de periódicos de Dallas archivados en la Biblioteca del Congreso correspondientes al periodo comprendido entre el 10 y el 15 de octubre para determinar si aparece (supuestamente el 15 de octubre de 1963) el anuncio personal que dice: «Corredor. Por favor, llámame. Por favor. Por favor. Firmado: Lee».


Obediente, Mosk redactó un memorándum donde descubría el entuerto: aquellos anuncios publicados en el Dallas Morning News era una pintoresca campaña de promoción para la película británica “The Running Man” —adaptada en España como El precio de la muerte—, que precisamente se estrenaba en el Cine Capri de Dallas aquellos días. Al parecer, la promoción pretendía insinuar que los mensajes del periódico los mandaba la protagonista femenina del filme, Lee Remick, y no el presunto magnicida, Lee H. Oswald.

Sin embargo, Mosk sugería en su memorando que, si la comisión deseaba tener todos los datos relativos a la campaña, debería encomendarse la tarea al FBI, quienes tendrían acceso a los pormenores y los aspectos privados de la investigación. 

Y, por supuesto, el director del FBI, J. Edgar Hoover, remitió una carta a principios de abril donde corroboraría los detalles intrínsecos, como el cuándo e incluso quién puso el anuncio en el periódico. Lo que en un principio se trataba de una inocente forma de empujar a la audiencia hasta los cines, se había convertido en la sospecha de que Oswald era parte de una conspiración.

Me costó, hace muchos años, encontrar los periódicos de la época, constatando además que existen varios anuncios de la película en la sección de espectáculos, y descubrí que dicha táctica, peculiar y críptica sin duda, no era una práctica promocional excepcional en los cines de entonces.

Del mismo modo, aquellos tres breves anuncios en un periódico local no fueron los únicos contratiempos que encontraron la comisión y el FBI durante la precipitada investigación, que se vieron obligados a invertir medios y efectivos en analizar las pistas e indicios para intentar descubrir qué había ocurrido en la Plaza Dealey aquel fatídico día.

La presión social era implacable. No podían dejar ningún cabo sin atar. No podían volver a cometer otro error.

 

EL PREMIO NOBEL QUE RESOLVIÓ EL GRAN DILEMA

 


El 31 de mayo de 1970, el físico estadounidense Luis Walter Álvarez organizó una excursión familiar. Sin embargo, esta excursión tenía un objetivo científico. Álvarez eligió un campo de tiro en San Leandro, cerca de la bahía de San Francisco. Esto era conveniente, ya que estaba cerca del laboratorio donde trabajaba. En ese momento, Álvarez tenía 58 años. Se le describe como una persona imponente, pero cercana. Estaba vestido de forma informal y acompañado por su esposa Janet y sus hijos.

Mientras su familia observaba desde cierta distancia, Álvarez dirigió un experimento junto a estudiantes y técnicos. El propósito de este experimento era reproducir el efecto de una bala al impactar contra una cabeza humana. Para lograr esto, utilizaron melones reforzados con cinta de fibra de vidrio, intentando imitar la estructura del cráneo. Estos melones se colocaron en distintas posiciones frente a un tirador experto armado con un rifle de alta potencia, mientras una cámara registraba el experimento. Lo que realmente importaba no era solo la destrucción del blanco, sino analizar la dirección en que este se desplazaba tras el impacto.

Aquí surge la hipótesis de Álvarez: según la intuición general, un objeto alcanzado por una bala debería moverse en la misma dirección que el proyectil. Sin embargo, Álvarez planteó lo contrario: que el blanco se desplazará hacia atrás, es decir, en dirección al tirador. Esta idea, aparentemente contradictoria, buscaba aclarar un aspecto clave del asesinato de John F. Kennedy: en la grabación del atentado, la cabeza del presidente parece retroceder tras el disparo fatal. Muchos interpretaron esto como indicio de que el disparo provenía del frente, lo que alimentó la teoría de la conspiración.

Para entender el origen de esta investigación, hay que remontarse a 1963, año del asesinato. Álvarez tenía una conexión personal con Kennedy. Aunque era políticamente conservador, se había afiliado al Partido Demócrata motivado por su admiración hacia el presidente. Consideraba a Kennedy un héroe y se reunió con él en dos ocasiones. La muerte de Kennedy le afectó profundamente.

Al principio, Álvarez aceptó las conclusiones de la Comisión Warren, que atribuían el crimen a un único autor, Lee Harvey Oswald. Sin embargo, con el tiempo, surgieron dudas: muchos cuestionaban la plausibilidad de un solo tirador. Uno de los argumentos más destacados a favor de una conspiración era precisamente el movimiento de la cabeza de Kennedy, que parecía incompatible con un disparo desde atrás.

Un estudiante de Álvarez, Paul Hoch, le señaló este problema. El brusco movimiento de la cabeza tras el tercer disparo se interpretaba como evidencia de un impacto frontal. Esto era crucial: si el disparo provenía de atrás, la hipótesis del tirador solitario se mantenía; si venía de delante, implicaba la presencia de otro atacante y, por ende, una conspiración.

Álvarez intentó explicar el fenómeno como una simple relajación muscular posterior al impacto, pero esta idea resultaba poco convincente. Entonces, Hoch le recomendó el libro “Seis segundos en Dallas", de Josiah Thompson, que defendía la existencia de una conspiración a partir de evidencias físicas. Aunque Álvarez no compartía sus conclusiones, valoró su enfoque analítico.

Durante un viaje en 1969, mientras leía ese libro, Álvarez tuvo una intuición clave. Reconoció que los críticos acertaban en un aspecto: el movimiento de la cabeza no era una caída pasiva, sino consecuencia de una fuerza real. Sin embargo, discrepaba en su interpretación. En su habitación de hotel desarrolló una explicación alternativa basada en principios físicos.

La teoría de Álvarez proponía que el impacto no debía entenderse como una simple colisión entre bala y cráneo, sino como un fenómeno más complejo. Según Álvarez, al atravesar la cabeza, la bala provoca una expulsión violenta de materia -fragmentos óseos y tejido cerebral- en la misma dirección del disparo. Este material puede transportar más impulso que la propia bala y, como consecuencia, la cabeza experimentaría una reacción en sentido opuesto, de manera similar al funcionamiento de un cohete. Este “efecto de chorro” (o Jet Recoil Mechanism, como lo designaría Álvarez), basado en la tercera ley de Newton, explicaría por qué la cabeza se desplaza hacia atrás incluso si el disparo proviene desde atrás.

Aunque la teoría resultaba elegante, necesitaba comprobarse empíricamente y fue entonces cuando Hoch sugirió realizar un experimento práctico con un modelo físico.

Esto condujo a las pruebas en el campo de tiro de San Leandro. En el experimento final, se disparó contra siete melones, y en seis de ellos se observó el efecto previsto: los blancos se desplazaron hacia atrás, en dirección al tirador. Estos resultados parecían respaldar la teoría de Álvarez y reforzar la idea de que no era necesario suponer la existencia de un segundo tirador para explicar el movimiento de la cabeza de Kennedy.

En definitiva, la historia de Álvarez y su experimento ilustra tanto la capacidad explicativa de la física como sus limitaciones cuando se enfrenta a fenómenos complejos del mundo real. También recuerda que la ciencia no siempre avanza de forma lineal ni completamente objetiva, sino que está influida por decisiones humanas, interpretaciones y, en ocasiones, omisiones estratégicas.

 

EL HOMBRE QUE IDENTIFICÓ A LEE H. OSWALD

Justo en ese punto donde estoy con cara de felicidad, el cruce de las calles Houston con Elm, en la Plaza Dealey, estaba apostado el 22 de noviembre de 1963 Howard Leslie Brennan, un instalador de sistemas de vapor de 45 años de edad, justo en frente del Depósito de Libros de Texto de Texas. Bueno, a decir verdad, él se sentó encima del murete de contención que está a mi espalda. Se le puede ver en varias cintas filmadas allí aquel día, con su ropa de trabajo y su casco gris oscuro.

Aquella mañana fue a almorzar a las 12:00 en una cafetería que había en el cruce de las calles Main y Record, a pocos metros de donde hoy se asienta el monumento John F. Kennedy Memorial Plaza. A las 12:18 salió en dirección a la Plaza Dealey desde donde quería ver el desfile del presidente. Se acuerda perfectamente de la hora porque debía volver en breve al trabajo e iba midiendo en tiempo con precisión. Mientras esperaba, pudo ver a un hombre en lo que hoy conocemos como “el nido del tirador”. Estaba allí sin ningún motivo aparente, salvo el mismo que había congregado a decenas de personas en las inmediaciones: aplaudir el paso del presidente.

Unos diez minutos después, pudo ver desde su privilegiada posición la limusina presidencial tomando muy lentamente la calle Elm desde Houston y, cuando estaban a unos 30 metros, Brennan oyó lo que pensó que era el petardeo de un tubo de escape. Pero la reverberación de aquel ruido hizo que mirara hacia el depósito de libros, justo al otro lado de la calle. Y entonces levantó la mirada.

Brennan vio a aquel desconocido en la misma ventana sureste de la sexta planta, con lo que le pareció un fusil de precisión en las manos. Vio cómo se echaba el fusil a la cara y cómo disparaba en dirección al coche del presidente. Más tarde, le vio apoyar la culata en el suelo —o quizá sobre las cajas de cartón apostadas frente a la ventana—, mirar por un instante hacia la acción que ocurría en la calle, y desaparecer hacia el interior. Declaró posteriormente que “no parecía tener ninguna prisa”.

Brennan también declaró haber visto a tres hombres de color en las ventanas inmediatamente inferiores, en la quinta planta —posteriormente identificados como Bonnie Ray Williams, Harold Norman, y James Jarman, Jr. —, y afirmó que los había visto mirando hacia arriba, como si estuvieran intentando ver de dónde procedían los disparos. Describió todo cuanto tenía ante sí, porque, además de que no tenía nada que obstaculizara su visión, un oftalmólogo declaró que Brennan tenía una visión de 10 sobre 10.
Acerca del hombre del arma de la sexta planta, declaró que debía tener en torno a 30 años, de complexión delgada y no muy alto. Que no llevaba gorro o sombrero y que “llevaba unas ropas de color claro, tirando a caqui.” Además dijo que le pareció ver que llevaba una chaqueta o jersey ligero, aunque no pudo mostrar convicción en este punto.

El día 22 acudió a una rueda de identificación en el Departamento de Policía de Dallas, donde identificó a Lee Harvey Oswald como “el sujeto que más se parecía a la persona que vio disparando desde la ventana de la sexta planta del TSBD”, aunque no pudo confirmar a ciencia cierta que fuera la misma persona… pero esta reticencia tenía truco: tres semanas tras la rueda, el 17 de diciembre de 1963, comunicó al FBI que no tuvo ninguna duda de que el hombre que vio en la ventana era Lee Harvey Oswald. Y declaró ante la Comisión Warren que creía que el asesinato formaba parte de una conspiración, y que temía por su seguridad y la de su familia si identificaba con certeza al tirador durante la rueda de reconocimiento. Asimismo afirmó que, una vez que Oswald había sido asesinado, ya no consideró peligroso identificarlo.

No hay forma de saber cuándo dijo Brennan la verdad: cuando no pudo asegurar si se trataba del mismo hombre durante la rueda de reconocimiento, o unas semanas después, cuando se desdijo ante el FBI. Me parece plausible pensar que un hombre sencillo, un hombre de familia, un trabajador que huyó de cualquier tipo de reconocimiento por lo que había visto en la Plaza Dealey —solo hay que ver que apenas se conocen fotografías suyas—, tuviera miedo por sí mismo y por su familia y, sabiéndose probablemente la única persona que conocía el rostro del asesino de Kennedy, decidiera mostrar incertidumbre a la hora de aseverar semejante convicción. Puede que conocer sus actos posteriores a sus declaraciones ante la policía, el FBI y en Servicio Secreto, nos haga entrever un poco de la verdad: cuando por fin volvió a su casa a las tres de la tarde, tuvo una conversación con su mujer y, desbordado por una sensación de inseguridad y miedo —simple y llanamente— le pidió a su mujer que cogiera a su hija y se fuera a un lugar seguro y secreto. Ese mismo día le llamó el jefe de policía para indicarle que le iba a enviar un coche que le llevaría hasta la comisaría para atender una rueda de identificación. Brennan le confesó a su esposa que no haría una identificación positiva de nadie. Estaban totalmente aterrados ante las posibles represalias.



Pero los más conspiranoicos opinan que Brennan sufrió intimidación para hacerle cambiar de opinión tan solo tres semanas después de los hechos… ¿Para qué? Oswald ya estaba muerto. Si su propósito era incriminarlo con seguridad, ¿no llegaba un poco tarde? Las conclusiones de la investigación no se publicarían hasta meses después, y si la comisión Warren hubiera tomado otros derroteros, y se hubiera demostrado fehacientemente que Lee estaba en ese mismo instante, qué sé yo, jugando a cartas con otros tres trabajadores en la azotea del edificio… ¿Cómo hubieran quedado Brennan y su testimonio?



Curiosamente, a Howard Brennan le debemos también que la descripción —aproximada— de Oswald fuera radiada por la policía pocos minutos después de los sucesos en la Plaza Dealey, mucho antes de que Roy Truly, el supervisor del Depósito de Libros, se diera cuenta de que él era el único trabajador que faltaba en su puesto: tras lo que había visto, Brennan se quedó en las inmediaciones hasta que el primer coche de policía aparcó frente al edificio. Se acercó hasta el agente y le dijo “yo he visto a alguien disparando desde allí arriba”. El agente retransmitió las palabras exactas de Brennan a las 12:36 minutos, exactamente seis minutos después del tiroteo: «Atención a todas las patrullas. Atención a todas las patrullas. Según los informes, el sospechoso de la esquina de Elm y Houston es un hombre blanco de unos 30 años, de complexión delgada, 1,78 m de altura y 75 kg de peso, armado con lo que se cree que es un fusil del calibre 30-30».

LOS DISPAROS EN LA LIMUSINA


Nacido en 1918 en Laredo, Texas, y criado en San Antonio, «Steve» Ellis se graduó en el instituto Brackinridge y más tarde cursó estudios universitarios en el ejército. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la Guardia Nacional y prestó servicio como policía militar. Ellis comenzó su carrera en el Departamento de Policía de Dallas en 1946 como agente de patrulla y, quince meses después, pasó a ser agente de motocicleta en solitario, ascendiendo a sargento en 1952. El sargento Ellis era el oficial a cargo de la escolta de motocicletas de la comitiva que atravesaba Dallas, y acompañó a la limusina hasta el Hospital Parkland. 

“Algunos de los motoristas que rodeaban el coche decían: «¡Mirad eso!» Lo que estaban mirando era el parabrisas. A la derecha del conductor, justo encima del marco metálico, cerca de la parte inferior del cristal, parecía haber un agujero de bala.                                                                         

Hablé con un agente del Servicio Secreto sobre ello y me dijo: «¡Bah, eso es solo un impacto!». A mí me pareció un agujero limpio en el parabrisas. De hecho, uno de los motoristas, Harry Freeman, metió un lápiz por él, o dijo que podía hacerlo.”

No. Harry Freeman no metió ningún lápiz por el supuesto agujero. Ni él ni nadie. Sin embargo, hay muchos testigos que afirman que allí había algo más que un simple impacto, y que, efectivamente, un proyectil había atravesado el parabrisas de la limusina, lo que avivaría la hipótesis de un segundo tirador disparando contra el vehículo desde delante.



Pero por más que leo sus declaraciones, no encuentro sustento para suscitar esa sospecha. De hecho, muchos utilizan la misma frase de Ellis —exactamente las mismas palabras—, hablando de que hubiera sido posible pasar un lápiz por el agujero. Es como si hubieran recibido la instrucción de repetir la misma historia delante de los medios.

Seamos claros: aquella mañana se agruparon decenas de personas —¡centenares! — frente a Parkland para conocer las últimas noticias. Algunos eran periodistas y otros simple vecinos consternados ante los acontecimientos. Y algunos de ellos llevaban una cámara de fotos y captaron la limusina desde los primeros momentos, y otros eran reporteros profesionales ávidos de disparar su cámara a cuanto se moviera. ¿Dónde está ese agujero? Por más que reviso el centenar de fotografías en mi haber, solamente encuentro unas grietas rodeando lo que sí parece un impacto en su superficie. Además, tenemos las fotografías que el FBI tomó del parabrisas entre 10 y 14 horas después, y el dibujo, dimensiones y situación de aquellas grietas coincide con las muy pocas imágenes tomadas del vehículo donde se aprecia el parabrisas con “aceptable” nitidez.

Existe un récord de todo movimiento de la limusina desde que partió de Dallas hasta que llegó a Washington: quién lo condujo, quienes lo protegieron, a cargo de quién estuvo la investigación, los miembros del Servicio Secreto que estuvieron presentes, el número de fotografías que se tomaron… Y por otro lado, ¿tan insulsos pensamos que pueden ser los poderes fácticos para tergiversar, alterar o modificar unas pruebas y un informe oficial sobre un gigantesco vehículo que ha estado frente a cientos de testigos y que muchos han podido fotografiar? ¿En serio pensamos que, como algunas hipótesis conspiracionistas van recitando como acto de fe, el vehículo fue llevado hasta Wichita, donde se cambió el parabrisas y alteraron las pruebas, antes de volar hasta Washington para que el FBI realizara su informe, y todo eso antes de las 12 de la madrugada? ¿Fueron incluso capaces de replicar las grietas del parabrisas, para que coincidiera con el aspecto de las posibles fotografías tomadas en Parkland, y ocultar así un agujero y simular que solo se trató de un impacto?

Robert A. Frazier (1918-2015) fue un destacado agente especial del FBI y jefe de balística y armas de fuego en el Laboratorio del FBI. Analizó el rifle Mannlicher-Carcano, la ropa del presidente, la limusina, y testificó ante la Comisión Warren y llevó a cabo pruebas balísticas en varios casos de gran repercusión mediática. Y, de verdad, hay que leer la transcripción de su declaración para comprobar que este hombre le puso los puntos sobre las íes a la Comisión Warren. Si algo no lo sé, digo que no lo sé. Si algo es improbable, digo que es poco probable, si algo no es competencia mía y ha sido investigado por otro especialista, digo que no tengo ni idea, y si algo es simplemente una conjetura o una suposición, dejo claro que eso no ha salido de mi boca antes de proseguir con la declaración… para eso soy un agente reputado del FBI, ¡tal cual!

Con referencia a la limusina, declaró que cuando llegó a Washington estaba llena de sangre y vísceras del presidente, restos de la munición usada contra la comitiva, el lugar exacto donde fueron hallados dichos resto… pero hizo observaciones muy claras sobre los daños que el vehículo sufrió durante el ataque y que nos deja tremendamente claro la procedencia de los disparos.

Con referencia al impacto sufrido en el parabrisas, el científico especifico que:

-          En la parte interior del parabrisas había una porción de plomo. Dicho depósito estaba localizado (.) en el centro de un pequeño patrón de estallido en forma de estrella que aparecía en la capa exterior del parabrisas laminado.

-          ¿Qué significa “que aparecía en la capa exterior del parabrisas laminado”?

-          El parabrisas se compone de dos capas con una fina capa de plástico en medio que los mantiene unidos en forma de cristal de seguridad. La capa interna no estaba rota, pero la capa externa, al otro lado de donde se recuperó el residuo de plomo, tenía un pequeño patrón de rotura y había una muy pequeña sección del cristal que había desaparecido de la superficie exterior

-          Y, en términos de dónde recibió el impacto el cristal, ¿qué significa?

-          Nos indica que solamente pudo recibir el impacto desde dentro. (.) La rotura aparece en el exterior porque el cristal cedió hacia afuera en el momento del impacto…

-          Así que la presión debió venir desde el interior del cristal, y no desde el exterior.

-          Exactamente.

Pero los hallazgos de Frazier no concluyen aquí. En el curso de la inspección encontró que la marquesina de soporte del techo extraíble, el puente cromado inmediatamente sobre el conductor y el pasajero donde se sujetan los parasoles frontales, mostraba un impacto y, del mismo modo que en el caso de parabrisas, no había llegado a perforar el metal. ¡Aquí no hay confusión o mala interpretación posible! Solamente un proyectil llegado desde detrás de la limusina podría haber realizado aquella abolladura. De hecho, Frazier concluyó que este impacto solamente podía ser causado por una bala rebotada o un fragmento de ésta, ya que una bala disparada directamente por el cañón de un arma hubiera tenido energía suficiente para perforar el material, y no solo para abollarlo. ¡Pero siempre desde detrás! Y de igual manera, un disparo directo al parabrisas, con su energía intacta, hubiera atravesado el parabrisas, provocando un diámetro de “roturas radiales que se extenderían por el cristal, llegando incluso a seccionarlo totalmente”.

Frazier concluyó, en consecuencia, que ambos impactos —el parabrisas y el puente cromado— fueron provocados por la metralla expedida, probablemente, por los proyectiles que atravesaron a Kennedy. Ninguna de ellas tenía la energía de un disparo directo, y ambas provenían desde detrás del vehículo.

El informe del FBI, así como su deposición ante la comisión Warren, es extensísimo e intenta dar respuesta a todas las preguntas surgidas durante la investigación. Las conclusiones de Frazier, que también se desplazó hasta el lugar de los hechos e hizo su tarea pericial en la sexta planta del Depósito de libros, no dejan lugar a dudas sobre el origen de los disparos, haciendo hincapié en que todos y cada uno de los fragmentos hallados en los cuerpos de Kennedy y Connally y en el interior de la limusina tienen inequívocamente la misma composición.


Los documentos y fotografías mostrados en este artículo están disponibles desde 1964. No obstante, resulta más atractiva la versión de una enfermera que vio un agujero “por el que se podría haber pasado un lápiz”.

LA ODISEA DE LA ALIANZA DE OSWALD

 

La mañana del 22 de noviembre, Lee salió muy temprano de casa de Ruth Paine, en Irving, a pocos kilómetros de Dallas, llevando consigo un voluminoso paquete que, según declaró su vecino y compañero de trabajo Buel W. Frazier, portaba unas barras de cortinas que le había dado Ruth Paine, porque quería cambiar las que tenía en la habitación de su pensión en el 1026 de la calle North Beckley. Posteriormente, Oswald dijo durante el interrogatorio tras ser arrestado que nunca dijo tal cosa, que lo único que llevaba era una bolsa de papel con su almuerzo, y la Sra. Paine afirmó que nunca se lo dio porque no tenía barras de cortinas extras… Pero eso pertenece a otra historia. Hoy vamos a hablar de lo que dejó en aquella casa.

Lee fue hasta Irving para pasar la noche con su mujer y volver a rogarle que volviera con él. La pareja sufría graves problemas conyugales y Marina se había alojado con su amiga Ruth desde que volviera de Nueva Orleans, a finales de septiembre del ‘63, meditando la idea de la separación. Él no consiguió convencerla y, a la mañana siguiente, tras asearse y tomar un café, dejó todo el dinero que tenía —unos 140 dólares —, y su alianza en una taza de té que perteneció a la abuela de Marina, sobre la cómoda del dormitorio. Y nos vamos a centrar en la odisea de este anillo porque este gesto ha sido interpretado de múltiples maneras: como una señal de despedida, como un indicio de premeditación, o simplemente como una coincidencia sin mayor trascendencia. Sin embargo, para muchos investigadores y analistas, el hecho de que Oswald se desprendiera de un objeto tan personal antes de cometer el crimen sugiere que era consciente de la magnitud de lo que estaba a punto de hacer.

La alianza, a decir verdad, es un anillo sencillo de oro de 14 quilates que Lee compró en una joyería de Minsk para sellar el compromiso. Compró uno para él y uno para Marina, e inmediatamente después fueron al juez de paz y se casaron. Importante es señalar que, según la tradición rusa, el anillo debe ponerse en el dedo anular de la mano derecha. Lee no se lo quitó nunca… hasta aquella mañana.

Minutos después de los disparos de la Plaza Dealey, Marina es puesta bajo vigilancia del FBI en un hotel a las afueras de Dallas, dándole el tiempo justo para recoger algunas pertenencias, ropa y los enseres para el cuidado de sus hijas. Unos días más tarde, Ruth Paine descubre el anillo dentro de la taza mientras hace limpieza, y no pierde un minuto en llamar al Servicio Secreto y ponerlo en sus manos, pasando a formar parte de la investigación. Es entonces cuando los investigadores descubren una estrella con el símbolo de la hoz y el martillo en el interior, con una nomenclatura equivalente a los 14 quilates occidentales. Nada reseñable a menos que se quiera ver un mensaje críptico entre Lee y Marina, hasta hoy indescifrado.

El presunto asesino del presidente Kennedy fue enterrado el 25 de noviembre de 1963, en el cementerio Rose Hill Memorial Park de Fort Worth, Texas. Marina tuvo un último detalle en memoria de la casi siempre desagradable historia que acompañó al matrimonio, y dejó su propia alianza, que tampoco se había quitado desde que se casaran en Rusia, en el dedo anular de la mano derecha de su marido.

La sufrida viuda, acosada por los medios, por el FBI y por los investigadores de la Comisión Warren, deja de ser sospechosa y le son devueltas las pertenencias de Lee en diciembre de 1964, incluyendo la alianza hallada por Paine en la taza de té. Aproximadamente un año después, Marina confiesa que no sabe dónde está dicho anillo. ¡Como lo lees!

Espera, que el tema adquiere tintes extravagantes: más de 20 años después, un abogado de Fort Worth se encontró con un voluminoso dosier relativo a Oswald y al magnicidio. El investigador David Perry se hizo cargo de aquel material y descubrió que era un compendio de documentos que Marina le había donado a una escritora, que tenía la intención de escribir una biografía sobre el matrimonio.

Perry encontró un sobre en medio de todo aquel volumen, y en su interior estaba la alianza perdida de Oswald y una nota que, a modo de recibo, constataba que Ruth Paine había entregado aquel anillo al Servicio Secreto el 2 de diciembre de 1963. Diez días después del magnicidio. Y volviendo a cuestionar a Marina sobre el asunto, declara no saber nada sobre todo aquello, y no tiene ni idea de cómo el anillo de su marido llegó a manos del bufete de abogados. Lo que sí sabemos es que dicho libro fue publicado en 1977 — Marina and Lee, escrito por Priscilla Johnson McMillan, publicado por Harper & Row,
Publishers, Inc. — y también sabemos que el bufete de abogados donde fue hallada la alianza de Lee, representaba los intereses de Marina Oswald en la editorial, así que es asumible que el sobre con el anillo fuera una de las mil cosas que ella envió a Priscilla Johnson, de alguna manera traspapelado… o es que nunca se le comunicó a Marina que dicho anillo era uno de los objetos devueltos tras la investigación Warren.

Lo cierto es que el investigador David Perry se puso en contacto con Marina, le comentó que había aparecido la alianza, y ella la puso en subasta en octubre de 2013, consiguiendo 108.000 dólares por ella. Dos años después, el Museo de la Sexta Planta —Sixth Floor Museum— de Dallas adquirió la pieza y desde entonces figura entre las muchas joyas históricas que exhibe entre sus paredes.

Os aseguro que invade una sensación terriblemente extraña estar a apenas 20 centímetros de él.

EL CINE, ESE GRAN EMBUSTERO


A todos nos gusta opinar. Es condición del ser humano.

Pero a muy pocos nos interesa conocer TODO cuanto se ha escrito sobre una materia, para formar una opinión ponderada. Y ni que decir tiene que las conclusiones de la comisión Warren no lo pusieron fácil: en 1964, cuando el dictamen final y el extensísimo aporte de entrevistas y fotografías sobre el caso se hizo público, si querías hacerte con una copia impresa, te costaba el sueldo de una semana…Una barbaridad.

Y hoy que podemos consultar las seis millones de páginas desclasificadas del caso, los Archivos Nacionales parece que disfrutan de complicar la labor de descarga habiendo subido a la red las fotografías originales de, por ejemplo, las declaraciones de todos y cada uno de los entrevistados por la Comisión Warren. Me refiero a decenas de miles de archivos en formato “.tiff”, y no en un compendio “.pdf” que acogiera esos mismos documentos, como sería de agradecer. Debes descargar uno a uno esos documentos si te quieres hacer una idea de qué pasó aquel 22 de noviembre de 1963.

A lo que iba: que a todos nos gusta opinar, pero en muchas ocasiones se nos hace un mundo acceder a la consulta de las fuentes originales, debido a la complicación inherente a la tarea. Y ya no hablamos del hándicap de que toda esta documentación está en inglés…

Entonces, un director le pide a un guionista que componga una bonita trama para su película. Pero también le susurra cuál es el enfoque que le quiere dar, y que resulta más atrayente una postura escéptica y conspiracionista, y que, en consecuencia, no es necesario dar demasiadas respuestas a la audiencia, a pesar de que esas respuestas están por escrito y disponibles para su consulta desde ese lejano 1964. Y la audiencia, por supuesto, se hace eco de esa película y da por hecho que todo lo que describe es real… y entonces nacen las dudas, las sospechas y, consecuentemente, el “yo creo que nunca sabremos la verdad”.

Kevin Costner y Jay O. Sanders en "JFK"
¿Recordáis el largometraje JFK de Oliver Stone, de 1991? Durante la investigación, Jim Garrison está con Lou Ivon —Kevin Costner y Jay O. Sanders, respectivamente— en la ventana de la sexta planta del Depósito de Libros de Texto de Texas desde la que presumiblemente Lee H. Oswald disparara contra la comitiva, y Ivon dice que la carabina era poco menos que una escopeta de feria, que se tarda casi 2’5 segundos en recargar, que la visión de Oswald estaba entorpecida por un árbol, que el FBI intentó varias veces emular su puntería… En serio: ni una sola de las frases de este diálogo es fidedigna o completa. Ni una sola.

Explicar cada una de ellas sería muy largo, así que nos fijaremos solamente en una de las falacias que se recogen en la secuencia, cuando Ivon afirma, acaso de pasada, que la mirilla del arma estaba defectuosa. Un truco de los guionistas: enunciar algo “de rasquis”, casi anecdóticamente… pero siempre queda algo.

Robert A. Frazier
Y vamos a los hechos: el principal responsable de la investigación del Mannlicher Carcano 6.5 en el FBI fue el Agente Especial Robert A. Frazier, perito en armas de fuego y balística del FBI en 1963, uno de los tres peritos del Laboratorio del FBI asignados al magnicidio, y llamado ante la Comisión Warren para ofrecer sus conclusiones sobre varios aspectos de la investigación, y el arma —presunta arma— utilizada. Naturalmente, allí se congregó las voces más insignes de la comisión, incluyendo al director Earl Warren.

En un momento del extremadamente largo e interesantísimo interrogatorio, se apuntó que para realizar las pruebas de tiro con éxito, se tuvo que corregir los parámetros de la mirilla porque, efectivamente, estaba claramente desviada.

Se le cuestionó a Frazier si tenía alguna sospecha sobre si aquella mira telescópica había sido ajustada de aquella manera a propósito, y su respuesta fue totalmente reveladora:

“Creo que debo señalar aquí que esta montura estaba separada del fusil cuando lo recibimos. Al parecer, incluso se había desmontado la mira para buscar huellas dactilares en ella. Así que, en realidad, el hecho de que estuviera ajustado de esa manera cuando lo recibimos no significa necesariamente que estuviera ajustado así cuando fue abandonado.”

¡Por supuesto que no! Si has desmontado la mira telescópica de un fusil, debes volver a ajustarlo con la óptica precisa o en un campo de tiro. Yo fui armero de regimiento durante mi servicio militar en la caballería zaragozana y me parece obvio este punto, pero incluso si Oswald —o quien fuera— no manipuló con cuidado la carabina después de disparar contra la comitiva, y la dejó caer precipitadamente en el escondrijo entre las cajas de libros en su huida, ese golpe podría haber alterado el ajuste de la mira. Pero si, además, existe la evidencia de que dicha mira ha sido desmontada, ¡es imperativo volver a graduarla antes de usarla nuevamente, si lo que buscamos es precisión!

Corrigiendo el diálogo manipulado en JFK, no es que Oswald disparara con una mira defectuosa: es que el fusil fue despiezado para buscar huellas y esa condición hizo que dicha mira quedara desajustada. Y esto ya fue dicho casi 20 años antes de que JFK llegara a las pantallas.

Además de demostrar que tanto los casquillos hallados en el suelo de la sexta planta, como los restos de proyectiles encontrados en el suelo de la limusina presidencial, habían sido disparados por el arma registrada a nombre de Oswald y encontrada semi-oculta entre cajas en aquella planta, el experto del FBI realizó otras importantes manifestaciones ante la comisión:

“Cualquier fusil, no importa su calibre, será una buena elección si sabes disparar”.

“El arma que encontramos en el depósito de libros es un arma muy precisa. Las pruebas que hicimos con ella así lo demuestran”.

“Desde mi experiencia personal como tirador durante años, cuando disparas a 50 u 80 metros, mucho menos que 100 metros con una mira telescópica, no vas a tener ningún problema en alcanzar tu objetivo”.

L.C Day con la carabina
La declaración, cerca de 150 páginas, debe ser leída un par de veces para entender la complejidad del testimonio de Frazier. Hay que entender también que el teniente L.C. Day del Dpto. de policía de Dallas ya había comenzado a desmontar el arma cuando recibió la orden de remitir todas las pruebas al FBI, unas horas después, en su búsqueda de huellas, y es muy probable que alterara significativamente su estado. Además, el teniente descubrió una huella palmar bajo una de las molduras del arma… y ni siquiera se lo transmitió al FBI.

En retrospectiva, se conoce que se hicieron muchas cosas mal con las pruebas, y el cambio de jurisdicción no ayudó al proceso. Ni siquiera se comprobó que la carabina había sido disparada aquella mañana, probablemente porque las pruebas hubieran destruido las posibles huellas en su superficie, y obviamente primaba encontrar quién la había usado, antes del cuándo.

El cine es un amigo divertido y fascinante, pero el mayor enemigo de la verdad.

 

LA DESERCIÓN DE OSWALD

 

Mirad el interesante telegrama que recibió el Departamento de Defensa el 31 de Octubre de 1959:

“LEE HARVEY OSWALD, SOLTERO, DE 20 AÑOS, CON PASAPORTE 1733242, EXPEDIDO EL 10 DE SEPTIEMBRE DE 1959, SE PRESENTÓ EN LA EMBAJADA HOY PARA RENUNCIAR A SU CIUDADANÍA AMERICANA, AFIRMANDO QUE HABÍA SOLICITADO LA CIUDADANÍA SOVIÉTICA EN MOSCÚ, TRAS SU LLEGADA A RUSIA DESDE HELSINKI EL 15 DE OCTUBRE. LA DIRECCIÓN DE SU MADRE Y SU (de Oswald) ULTIMA DIRECCIÓN EN LOS ESTADOS UNIDOS ES EL 4936 DE LA CALLE COLINWOOD, DE FORT WORTH, TEXAS. AFIRMA QUE SU ACCIÓN SE REMONTA A LOS ÚLTIMOS DOS AÑOS. EL PRINCIPAL MOTIVO ES QUE “SOY MARXISTA”. ACTITUD ARROGANTE Y AGRESIVA. RECIENTEMENTE LICENCIADO DEL CUERPO DE MARINE. DICE QUE HA OFRECIDO A LOS SOVIÉTICOS TODA INFORMACIÓN QUE HAYA ADQUIRIDO COMO OPERADOR DE RADAR MILITAR.

“A LA VISTA DEL CASO PETRULLI, PROPONEMOS QUE SE RETRASE LA EJECUCIÓN DE LA RENUNCIA HASTA QUE SEPAMOS LAS ACCIONES DE LOS SOVIÉTICOS O QUE EL DEPARTAMENTO SE PRONUNCIE…”

El caso Petrulli al que hace alusión el telegrama se refiere a su protagonista, Nicholas Petrulli, un turista estadounidense que intentó renunciar a su ciudadanía mientras se encontraba en Moscú en 1959, poco antes de que Oswald hiciera la misma maniobra. Sin embargo, tras haber entregado su pasaporte, Petrulli cambió de opinión y el Departamento de Estado dictaminó que su intento no constituía un «acto legalmente válido» y se le expidió un pasaporte para que pudiera regresar a los Estados Unidos.

Un par de días después, el 2 de noviembre, la embajada norteamericana en Moscú remitió un informe del encuentro de Lee Oswald con el segundo secretario de la embajada, Richard E. Snyder, donde copiaba la carta que Oswald le entregó para solicitar la rescisión de su ciudadanía:

“Yo, Lee Harvey Oswald, por la presente solicito que mi actual ciudadanía en los Estados Unidos de América, sea revocada.

“He entrado en la Unión Soviética con el único motivo de solicitar la ciudadanía en la Unión Soviética, por la vía de la naturalización.

“Mi solicitud de ciudadanía está ahora pendiente ante el Soviet Supremo de la U.R.S.S.

“Tomo esta decisión por motivos políticos. Presento mi solicitud de revocación de mi ciudadanía americana tras las más largas y serias consideraciones.

“Afirmo que mi lealtad es para con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.”

¿Recordáis cuando Oswald luchó a brazo partido para que le devolvieran su “licenciado con honores” de los Marine? Dudo que los soviéticos prestaran el mínimo interés en aquel chaval de 20 años, inestable y exaltado, que fingió un intento de suicidio en su hotel de Moscú cuando el Partido denegó su ciudadanía en el país. Los soviets se limitaron a llevarlo lejos de Moscú, a 700 Km, y darle empleo en una remota fábrica de radios de Minsk.

Independientemente, y con relación a si era o no desproporcionada la decisión de revocarle su “licencia con honores”… En primer lugar, Oswald mintió acerca de sus motivos para licenciarse: argumentó que debía cuidar de su madre enferma, pero lo cierto es que su pasaporte fue expedido el 10 de septiembre del ’59, fue licenciado un día después, y en torno al 15 de ese mismo mes abandonó los EEUU con destino Londres. Tenía perfectamente calculados sus pasos para conseguir su sueño soviético. No creo que esté muy bien considerado mentir para eludir sus responsabilidades para con el ejército.

Gary Powers junto al U2
Y por otro lado, Oswald tuvo la desfachatez de manifestar delante del secretario de la embajada que iba a entregar todos los conocimientos adquiridos durante su periodo militar en una base de radares de Japón a los soviéticos. La base de Atsugi era un emplazamiento vital a finales de los ’50, y Lee era un operador de radar asignado al Escuadrón de Control Aéreo Marino, presumiblemente con acceso a los códigos secretos armamentísticos de la estación. Uno de los aviones basados en Atsugi desde 1957 era el avión espía U2. Pilotado por Gary Powers, el 1 de mayo de 1960 fue derribado sobre Sverdlovsk, Rusia, condenado por espionaje y sentenciado a tres años de cárcel y siete de trabajos forzados. Es probable que solo fuera una coincidencia, pero sin duda es terriblemente sospechosa.

No obstante, solamente por manifestar un sujeto ante un funcionario de una embajada que está dispuesto a compartir todos los secretos militares con el enemigo, es motivo suficiente para que su expediente militar quede marcado con el término “deshonor”.