EL PREMIO NOBEL QUE RESOLVIÓ EL GRAN DILEMA

 


El 31 de mayo de 1970, el físico estadounidense Luis Walter Álvarez organizó una excursión familiar. Sin embargo, esta excursión tenía un objetivo científico. Álvarez eligió un campo de tiro en San Leandro, cerca de la bahía de San Francisco. Esto era conveniente, ya que estaba cerca del laboratorio donde trabajaba. En ese momento, Álvarez tenía 58 años. Se le describe como una persona imponente, pero cercana. Estaba vestido de forma informal y acompañado por su esposa Janet y sus hijos.

Mientras su familia observaba desde cierta distancia, Álvarez dirigió un experimento junto a estudiantes y técnicos. El propósito de este experimento era reproducir el efecto de una bala al impactar contra una cabeza humana. Para lograr esto, utilizaron melones reforzados con cinta de fibra de vidrio, intentando imitar la estructura del cráneo. Estos melones se colocaron en distintas posiciones frente a un tirador experto armado con un rifle de alta potencia, mientras una cámara registraba el experimento. Lo que realmente importaba no era solo la destrucción del blanco, sino analizar la dirección en que este se desplazaba tras el impacto.

Aquí surge la hipótesis de Álvarez: según la intuición general, un objeto alcanzado por una bala debería moverse en la misma dirección que el proyectil. Sin embargo, Álvarez planteó lo contrario: que el blanco se desplazará hacia atrás, es decir, en dirección al tirador. Esta idea, aparentemente contradictoria, buscaba aclarar un aspecto clave del asesinato de John F. Kennedy: en la grabación del atentado, la cabeza del presidente parece retroceder tras el disparo fatal. Muchos interpretaron esto como indicio de que el disparo provenía del frente, lo que alimentó la teoría de la conspiración.

Para entender el origen de esta investigación, hay que remontarse a 1963, año del asesinato. Álvarez tenía una conexión personal con Kennedy. Aunque era políticamente conservador, se había afiliado al Partido Demócrata motivado por su admiración hacia el presidente. Consideraba a Kennedy un héroe y se reunió con él en dos ocasiones. La muerte de Kennedy le afectó profundamente.

Al principio, Álvarez aceptó las conclusiones de la Comisión Warren, que atribuían el crimen a un único autor, Lee Harvey Oswald. Sin embargo, con el tiempo, surgieron dudas: muchos cuestionaban la plausibilidad de un solo tirador. Uno de los argumentos más destacados a favor de una conspiración era precisamente el movimiento de la cabeza de Kennedy, que parecía incompatible con un disparo desde atrás.

Un estudiante de Álvarez, Paul Hoch, le señaló este problema. El brusco movimiento de la cabeza tras el tercer disparo se interpretaba como evidencia de un impacto frontal. Esto era crucial: si el disparo provenía de atrás, la hipótesis del tirador solitario se mantenía; si venía de delante, implicaba la presencia de otro atacante y, por ende, una conspiración.

Álvarez intentó explicar el fenómeno como una simple relajación muscular posterior al impacto, pero esta idea resultaba poco convincente. Entonces, Hoch le recomendó el libro “Seis segundos en Dallas", de Josiah Thompson, que defendía la existencia de una conspiración a partir de evidencias físicas. Aunque Álvarez no compartía sus conclusiones, valoró su enfoque analítico.

Durante un viaje en 1969, mientras leía ese libro, Álvarez tuvo una intuición clave. Reconoció que los críticos acertaban en un aspecto: el movimiento de la cabeza no era una caída pasiva, sino consecuencia de una fuerza real. Sin embargo, discrepaba en su interpretación. En su habitación de hotel desarrolló una explicación alternativa basada en principios físicos.

La teoría de Álvarez proponía que el impacto no debía entenderse como una simple colisión entre bala y cráneo, sino como un fenómeno más complejo. Según Álvarez, al atravesar la cabeza, la bala provoca una expulsión violenta de materia -fragmentos óseos y tejido cerebral- en la misma dirección del disparo. Este material puede transportar más impulso que la propia bala y, como consecuencia, la cabeza experimentaría una reacción en sentido opuesto, de manera similar al funcionamiento de un cohete. Este “efecto de chorro” (o Jet Recoil Mechanism, como lo designaría Álvarez), basado en la tercera ley de Newton, explicaría por qué la cabeza se desplaza hacia atrás incluso si el disparo proviene desde atrás.

Aunque la teoría resultaba elegante, necesitaba comprobarse empíricamente y fue entonces cuando Hoch sugirió realizar un experimento práctico con un modelo físico.

Esto condujo a las pruebas en el campo de tiro de San Leandro. En el experimento final, se disparó contra siete melones, y en seis de ellos se observó el efecto previsto: los blancos se desplazaron hacia atrás, en dirección al tirador. Estos resultados parecían respaldar la teoría de Álvarez y reforzar la idea de que no era necesario suponer la existencia de un segundo tirador para explicar el movimiento de la cabeza de Kennedy.

En definitiva, la historia de Álvarez y su experimento ilustra tanto la capacidad explicativa de la física como sus limitaciones cuando se enfrenta a fenómenos complejos del mundo real. También recuerda que la ciencia no siempre avanza de forma lineal ni completamente objetiva, sino que está influida por decisiones humanas, interpretaciones y, en ocasiones, omisiones estratégicas.

 

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