LEE H. OSWALD. CREANDO UN MITO

 

Os voy a poner un ejemplo de los fraudes manifiestos que pretenden dar importancia a Lee H. Oswald, asociándolo con organizaciones, estamentos o personajes influyentes, para intentar eliminar de su memoria el adjetivo de “loco solitario”, y fraguar una coalición que pueda ahondar en la hipótesis de la conspiración al más alto nivel.


 En el verano de 1975 apareció una nota manuscrita de Oswald fechada el 8 de noviembre de 1963 —un par de semanas antes del magnicidio—, donde Lee le pedía a un misterioso “Sr. Hunt” que le informara acerca de su situación. El tema alcanzó rápidamente profundidad y el 3 de marzo de 1977 el The New York Times publicaba la siguiente nota: 

El FBI está investigando una carta que, según se informa, fue escrita por Lee Harvey Oswald al difunto multimillonario de Dallas H. L. Hunt, en la que preguntaba por la «situación» de Oswald el 8 de noviembre de 1963, dos semanas antes del asesinato del presidente Kennedy.

Un portavoz del FBI en Dallas afirmó que la carta estaba en poder de la agencia y que se estaba investigando.

«Eso es todo lo que podemos decir», afirmó.

Una comparación de la nota manuscrita con muestras de la letra de Oswald ha llevado a los investigadores a concluir que fue escrita por Oswald o por alguien capaz de imitar su letra.

El Sr. Hunt, que defendía causas conservadoras, falleció en 1974. Siempre negó tener conocimiento alguno de Oswald. 

HOWARD HUNT
A pesar de que el artículo intenta asociarlo con Haroldson Lafayette Hunt, el magnate del petróleo fallecido el 29 de noviembre de 1974, es más probable que presunta nota de Oswald pretendiera implicar a Everette Howard Hunt, Jr., oficial de inteligencia de la CIA y escritor estadounidense, célebre por ser uno de los principales organizadores del robo del escándalo Watergate en 1972, que provocó la dimisión del presidente Richard Nixon, habiendo sido consultor para la Casa Blanca durante su mandato. Pasó 33 meses en prisión por ese motivo. Como parte de los llamados "fontaneros" de la Casa Blanca, Hunt también participó en operaciones encubiertas como el golpe en Guatemala y la invasión de Bahía de Cochinos. Trabajó durante años para la Agencia Central de Inteligencia (CIA), desempeñando un papel en operaciones importantes durante la Guerra Fría.

Además de su faceta de espía, escribió más de 80 novelas de espionaje y policiacas bajo su nombre real y varios seudónimos, incluyendo ensayos como American Spy.

Y ¿cómo sabemos que se refería a Howard Hunt? Porque la comisión de investigación de las actividades de la CIA en los Estados Unidos mantuvo una serie de entrevistas con él en marzo de 1975 —curiosamente, dos meses antes de que apareciera la nota de Oswald—. Naturalmente, en aquellas entrevistas se cuestionó al antiguo espía si tenía algún tipo de relación con los sucesos ocurridos en la Plaza Dealey, con Oswald o con cualquiera que estuviera implicado en el magnicidio, y su repuesta fue un tajante no. Independientemente de que confiemos en su alegato o de si creemos que alguien como Oswald podía tener acceso a un peso pesado del espionaje como Hunt, y le iba dejando oscuras notas, lo interesante en sí es la nota en cuestión:

Anna Paulina Luna

En octubre de 2025, la embajada soviética le entregó a la Miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Anna Paulina Luna, un grueso dossier de documentos recopilados en la antigua Unión Soviética sobre Kennedy y sobre la estancia de Oswald en Rusia durante su conato de deserción. Entre aquellas páginas consta una carta de Oswald a la embajada soviética, cuando ya había decidido volver a los Estados Unidos con su mujer e hija, solicitando información acerca de su situación tras haber solicitado irse de Rusia.

Curiosamente, aquella carta, fechada el 1 de diciembre de 1960, tiene paralelismos con la nota aparecida en 1975. De hecho, algún malintencionado cortó partes de la carta original para confeccionar la nota, con tan poca experiencia que aquellas secciones en las que se requería de cierta traza para la falsificación —la fecha o el encabezamiento—, llaman la atención porque ni siquiera intentó simular la caligrafía de Oswald.

 No es extraño, con el paso de los años, que aparezcan “nuevas pruebas” pretendiendo profundizar más en la trama, intentando inculpar nuevos nombres y buscando alianzas allá donde nunca las hubo. Autores que aún hoy en día hablan de que su nuevo libro mostrará “una nueva evidencia ineludible” rescatada de un archivo olvidado, o de pruebas no analizadas con suficiente profundidad, o de documentos que fueron inexcusablemente sobreseídos por el Comité Selecto de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos sobre Asesinatos (U.S. House of Representatives Select Committee on Assassinations). No cabe duda que Oswald intentó de todas las maneras buscar simpatías en cualquier estamento que le diera cierto prestigio y responsabilidades. De hecho, se sabe que incluso las exigió, ahondando en la memoria del marine que cumplió honrosamente, o del americano que merece ser escuchado por el simple hecho de serlo. Cartas donde se define como comunista, y meses después, ante las cámaras de televisión afirmaba no serlo; incapaz de darle una mínima comodidad a su familia, pero gastando el poco dinero que tenía en arsenal de segunda mano porque “tenía que protegerse”… ¿Y desde cuándo un agente encubierto hace lo imposible para ganar publicidad, saliendo en televisión y la radio?

Pero la verdad es solo una: Lee fue siempre un inadaptado que cambiaba de opinión con frecuencia, inestable en sus relaciones y que nunca hubiera podido conseguir el respeto de aquellos a quienes merodeaba. Lo intentó en Nueva Orleans y Carlos Bringuier lo apaleó en plena calle por querer jugar al juego pro-Castro – anti-Castro. La leyenda le ha otorgado a través de la duda razonable lo que sus acciones le negaron. Estamentos como la CIA o el FBI no hubieran podido usar sus servicios, en el caso de que hubieran sido requeridos, porque era totalmente impredecible, manipulable y falto de cualquier compromiso con sus propios ideales…

Oswald falleció dejando un monto de unos 144 dólares y deudas por varios cientos a familiares. Ni siquiera pudo pagarse su propio entierro. Puede que debamos observar este dato si pretendemos defender que fue uno de los agentes encubiertos más importantes.

EL PRIMER ATAÚD DE JFK

Después del asesinato en Dallas, y del intento de reanimación en el hospital Parkland, el cuerpo de Kennedy fue colocado en un ataúd de bronce que pesaba más de 180 kg para el viaje de regreso a Washington. Las enfermeras del hospital de Dallas envolvieron el cuerpo con sábanas de lino y pusieron plástico en el ataúd para evitar que la sangre saliera.

 Aquel sencillo ataúd, el mejor que la funeraria pudo proporcionar en tan poco tiempo, permaneció cerrado a pesar de que las autoridades sugirieron abrirlo para que el público pudiera ver que JFK había fallecido. Las lesiones en su cabeza eran tan severas que Jackie Kennedy y su cuñado, Bobby, rechazaron esta propuesta.


 
La autopsia se llevó a cabo en el Hospital Naval de Bethesda, cerca de Washington. Para cuando el cuerpo fue embalsamado y quedó en condiciones de ser expuesto, el ataúd estaba en tan mal estado que se decidió que no podía utilizarse para el velatorio del presidente en el Capitolio. Se sustituyó por un ataúd de madera de caoba africana, pero la funeraria de Washington que embalsamó los restos de JFK guardó el primer ataúd sin saber qué hacer con él. Aproximadamente un año más tarde, el gobierno de EE. UU. intervino para evitar que se convirtiera en un macabro recordatorio o en una exhibición.


 El 18 de febrero de 1966, a solicitud de la familia Kennedy, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos se encargó de deshacerse del ataúd. Lo llenaron con sacos de arena de 36 kg, le hicieron más de 40 agujeros, lo colocaron en una caja de pino, lo ataron con cinta metálica y le añadieron paracaídas.

 Fue cargado en un avión de transporte que voló alrededor de 160 kilómetros mar adentro en el Atlántico, alejado de las rutas marítimas, hasta un punto donde el océano tiene 2750 metros de profundidad. El ataúd fue empujado fuera por la escotilla trasera del avión y, después de que los paracaídas amortiguaron el impacto con el agua, comenzó a hundirse de inmediato. El avión sobrevoló el área durante unos 20 minutos para asegurarse de que nada emergiera de la superficie.

Pero hay una parte más… sucia: De vuelta en Dallas, Vernon O’Neal, el propietario de la funeraria que había suministrado en ataúd, estuvo discutiendo con el Gobierno de los Estados Unidos sobre el precio del ataúd. El Gobierno lo consideraba excesivo, pero, aunque O’Neal rebajó el precio, ambas partes seguían en un punto muerto. Sin embargo, lo que O’Neal realmente quería era que le devolvieran el ataúd. Estaba recibiendo ofertas de más de 100 000 dólares por él, lo que hoy equivaldría a casi un millón de dólares.

El Gobierno federal, para evitar que el ataúd cayera en manos de los «curiosos morbosos», pagó a O’Neal sus 3.495 dólares.



LA "NUEVA" HISTORIA DE PAUL LANDIS

En primer término, el Servicio Secreto Paul Landis

Paul Landis, nacido en Ohio e hijo de un entrenador deportivo universitario, fue uno de los agentes del servicio secreto asignados a la protección del presidente Kennedy. Estuvo en Dallas aquel fatídico 22 de noviembre de 1963. Ocupaba el coche escolta del Servicio Secreto en la comitiva, justo detrás de la limusina presidencial, subido en la parte trasera del estribo derecho del Cadillac convertible negro.

Sesenta años después de aquel suceso publicó un libro que pondría en tela de juicio todo el argumento de la Comisión Warren, de la teoría de la Bala Mágica, e incluso sería, de ser cierta, una prueba que abogaría por la posibilidad de un segundo tirador en la Plaza Dealey y, en consecuencia, la existencia de una conspiración, y no los actos de un “loco solitario”.

Según su relato, cuando llegaron al Hospital Parkland, todo era un caos: la primera dama, tumbada llorando encima de su marido cuya cabeza descansaba sobre su regazo, se negaba a dejar ver la magnitud de las heridas a todos cuantos intentaban llevarlo cuanto antes a la sala de urgencias donde le esperaban, al tiempo que una multitud en shock comenzó a acercarse hasta la comitiva y tuvieron también que ocuparse de impedirles el paso. Finalmente, el gobernador primero e inmediatamente el presidente, fueron llevados al interior del hospital. El relato de Landis toma un rumbo dramático cuando afirma que encontró en el respaldo del asiento trasero de la limusina un proyectil en perfecto estado y, temiendo que algún fotógrafo lo viera, o aun peor: que algún “cazador de recuerdos” la hiciera desaparecer, se lo guardó en el bolsillo. Nadie presenció su maniobra.

Poco después, fue empujado hasta el interior de la sala de traumatología donde estaban intentando revivir a Kennedy —no lo dudemos: el presidente estaba ya muerto cuando entró en la sala de urgencias— y se situó junto a sus pies, detrás de la primera dama. Entonces afirma que tomó la decisión de dejar aquel proyectil encima de la camilla, con la esperanza de que fuera encontrada por alguien en aquella sala y la prueba fuera rescatada. También aquella maniobra fue ignorada por todos los presentes.

En 2023, Paul Landis publicó The Final Witness –El último testigo—, donde revelaría la odisea de la que fuera protagonista.

Landis nunca ha suscrito teorías conspirativas y subraya que no las promueve ahora. Padeció los estragos psicológicos derivados de los sucesos de la Plaza Dealey, abandonando el servicio secreto poco menos de un año después de los hechos, pero siempre se mostró solícito ante los medios que pidieron su testimonio a lo largo de los años. Lo único que quería en su libro es contar lo que vio y lo que hizo.

Partamos de la base de que, históricamente, la bala aludida por el guardaespaldas fue recuperada por Darrell C. Tomlinson en una camilla, para después dársela al agente del servicio secreto Richard Johnsen. Así mismo, debemos puntualizar que nadie vio a Landis perpetrando las acciones que se adjudica en su libro.

El informe de Landis, a pesar de que no fue entrevistado por la comisión Warren, difiere en un par de puntos de dos declaraciones por escrito que presentó en las semanas posteriores al tiroteo. Además de que no mencionó haber encontrado la bala, dijo haber escuchado solo dos disparos. “No recuerdo haber escuchado un tercer disparo”, escribió. Tampoco mencionó haber entrado a la sala de traumatología donde llevaron a Kennedy, y escribió que “permaneció afuera junto a la puerta” cuando entró la primera dama. Explicó que los informes que presentó tras el asesinato incluían errores; estaba en estado de shock y casi no había dormido en cinco días, ya que se concentró en ayudar a la primera dama a superar la terrible experiencia, dijo, y no prestaba suficiente atención a lo que declaró. Según sus palabras, “no se me ocurrió mencionar la bala”. Sin embargo, en su informe de los hechos recordó con todo lujo de detalles cómo recogió el sombrero, el bolso y el encendedor de la primera dama del asiento trasero de la limusina.


Lo que más pone en duda el testimonio de Landis es que la propia Comisión afirmó que “eliminó la camilla del presidente Kennedy como fuente de la bala” porque el presidente permaneció en su camilla mientras los médicos intentaban salvarle la vida, y no fue retirada hasta que su cuerpo fue colocado en un féretro. De hecho, hicieron que Connally se tumbara en la mesa de operaciones de trauma para entubarlo, administrarle anestesia y tratarlo de sus heridas, retirando su camilla inmediatamente. Tomlinson, el ingeniero jefe del hospital que movió la camilla 90 minutos después de que Kennedy hubiera sido declarado muerto, explicó que chocó contra la pared al salir del ascensor, y la bala cayó al suelo.

La bala mágica
Por otro lado, resulta cuando menos extraño que nadie en toda aquella sala reparara en un pedazo de metal encima de la camilla —recordemos que la bala mágica o prueba CE399 mide nada menos que 3cms de largo por 6’5mm de diámetro—. Ni siquiera cuando la primera dama mostró su último adiós poniendo su alianza en el dedo de su marido, o cuando fue amortajado para introducirlo en el féretro que lo llevaría de vuelta a Washington. Personalmente, no puedo creer que nadie inspeccionara hasta el último centímetro de aquella camilla y de toda la sala, máxime cuando incluso la primera dama se acercó hasta una enfermera para entregarles restos del cerebro que se habían quedado adheridos a su vestido. Las ropas y efectos personales del presidente (salvo el reloj) fueron empaquetados. Incluso le pidieron a Jacqueline que se cambiara de ropa para preservar las posibles pruebas en sus ropas ensangrentadas —ella se negó—. Todo recibió la consideración lógica en semejante situación, supervisado por el servicio secreto… ¿y nadie vio una bala encima de la camilla, junto a los pies del presidente? ¿Ni siquiera la persona que le cogió de los pies para introducirlo en el féretro?

Clint Hill, el único agente que saltó a la limusina en la Plaza Dealey y que viajó hasta Parkland encaramado sobre el respaldo del asiento trasero, tuvo noticias de la extraordinaria revelación de su compañero en 2014, pero con importantes diferencias en relación al testimonio que presenta en su libro, que hacen que desconfíe de sus recuerdos: Hill afirma que Landis le contó que, después de que sacaran al presidente y a la señora Kennedy del coche, se topó con algo.

«Encontró una bala, casi intacta, que recogió. Se la guardó en el bolsillo y a mí me dijo que la llevó a la sala de urgencias y la dejó en una camilla en el pasillo», dijo Hill, concluyendo que “No pudo haber sucedido tal y como él cuenta ahora la historia”.

Landis afirma ahora que dejó esa bala en la camilla del presidente Kennedy dentro de la sala de traumatología, y no en una camilla en el pasillo. Este cambio radical con respecto a la historia original que narró al agente Hill puede causar más controversia sobre la teoría de la bala mágica, ya que, si efectivamente Landis la hubiera encontrado en el asiento trasero, no puede ser la misma bala que produjo las cinco heridas en el cuerpo de Connally en el asiento abatible delantero.

Gerald Posner
Gerald Posner, autor de Case Closed —Caso cerrado—, un libro de 1993 que concluía que Oswald efectivamente mató a Kennedy por su cuenta, dijo que tenía dudas y que la historia no cuadraba: “La memoria de las personas generalmente no mejora con el tiempo, y es una señal de advertencia para mí, del escepticismo que tengo sobre su historia, que en algunos detalles muy importantes del asesinato, incluido el número de disparos, su memoria ha mejorado en lugar de empeorar”. Efectivamente, Posner se refiere a que Paul Landis oyó dos disparos en la Plaza Dealey.

Sin embargo, Posner es demasiado permisivo en sus conclusiones sobre el testimonio de Landis, cuando afirma que “Incluso suponiendo que esté describiendo con precisión lo que pasó con la bala, podría significar nada más que ahora sabemos que la bala que salió del gobernador Connally lo hizo en la limusina, no en una camilla en Parkland donde fue encontrada”. Eso no creo que sea acertado: si bien no me quita el sueño si Landis dejó la bala en una camilla del pasillo o dentro de la sala de traumatología, a la vista de todos, lo que sí me preocupa es dar crédito a dónde rescató la bala, que, según su recién recuperada memoria, fue entre las costuras del asiento trasero, donde se sentaban el presidente y la primera dama. Me cuesta trabajo imaginar las maniobras que tuvieron que hacer con el cuerpo de Connally cuando lo sacaban de la limusina, para que una bala que teóricamente se alojó en su zapato izquierdo, después de haber acabado su delirante viaje hasta su muslo, consiguiera volar desde donde se sentaba el gobernador, hasta el asiento trasero donde Landis presumiblemente la encontró.

¿Hipótesis? Todo me incita a aventurar —en el más estricto sentido del término— que la memoria del octogenario no es lo que fue en otro tiempo y que, del mismo modo que cambió los parámetros de su odisea desde que se la confesó al recientemente fallecido agente Clint Hill, Landis encontró aquella bala en el asiento donde estaba sentado el gobernador, o quizá en el suelo de la limusina. Me parece tremendamente posible que fuera él quien dejó aquella bala en la camilla del pasillo, quizá asustado o en shock debido a los acontecimientos que estaba viviendo. Los profesionales que estaban intentando salvar la vida del presidente, obligaron a casi todos a abandonar la sala. Incluso Landis dijo que se quedó afuera hace 62 años, cuando su memoria estaba en pleno uso de facultades. De hecho, en su declaración afirmó que se encargó de despejar los pasillos de curiosos que empezaban a atestar el lugar. ¿Convirtió su memoria el encendedor de la primera dama que recogió del asiento trasero, en el proyectil que ahora recuerda?

Paul Landis en la actualidad

Aun así no puedo entender que guardara el secreto por 60 años, a pesar de las múltiples entrevistas concedidas, de que faltara a su juramento y que no entregara aquella prueba crucial a su inmediato superior, dejándola en una camilla, con el peligro de que hubiera desaparecido para siempre. No entiendo que mintiera conscientemente en su informe de los acontecimientos. Y puedo entender que modificara sus recuerdos al confesarle sus actos en 2014 a su compañero Clint Hill.

Deliberadamente quiero huir de plantearme que tantos cambios en un testimonio sea una estrategia de ventas para dar salida a un libro, ahora que todos cuantos podrían refutar su relato: doctores, enfermeras, compañeros en el Servicio Secreto, e incluso Jackie Kennedy ya no pueden decir que Landis nunca entró en aquella sala donde se consumaba la tragedia. Quiero huir de esa hipótesis.

Pero…

¿VIAJABA UN PERRO EN LA LIMUSINA?

Puedes leer absolutamente de todo en las audiciones que los delegados de la comisión Warren, pero sin duda el testimonio de Jean Hill es uno de los más extraños.

Jean Hill y Mary Moorman estaban aquella mañana en frente de la pérgola de la Plaza Dealy, apostadas a menos de un metro de la calzada de la calle Elm, esperando al presidente y su séquito. Mary llevaba una cámara polaroid con la que pretendía captar la sonrisa de Kennedy. De hecho, obtuvo una de las fotografías más extraordinarias del magnicidio, en el mismo instante en el que el presidente era alcanzado en su cabeza. Eran las testigos más cercanas a la escena, y fácilmente identificables porque Jean llevaba un chubasquero de color rojo muy llamativo. En la cinta de Zapruder se puede ver que la limusina acababa de sobrepasarlas cuando se consumó la tragedia.

Hill fue entrevistada por Arleen Specter el 24 de marzo de 1964 para la comisión Warren y pronto dejó claro que no iba a ser un testimonio aburrido, porque fue la única testigo que identificó a Jack Ruby — o a alguien que se le parecía mucho — corriendo junto al edificio del Depósito de Libros de Texto de Texas, para perderse en dirección al aparcamiento aledaño a las vías del ferrocarril. Afirmó que le llamó la atención porque todo el mundo estaba petrificado, y solamente esa persona, con un sombrero y un abrigo marrones, corría desaforadamente ante su campo de visión.

Naturalmente, Hill no conocía a Ruby, pero éste saltó a los medios cuando, dos días tras el magnicidio, disparó contra Oswald ante las cámaras de TV y fue detenido, siendo portada en la mitad de los periódicos del 24 y 25 de noviembre.

No entraré en detalles acerca de esta parte del testimonio de Hill, principalmente porque sabemos a ciencia cierta dónde estaba Jack Ruby en el momento de los disparos: en las oficinas del periódico Dallas Morning News, contratando una sección donde publicitar el Club Carousel que regentaba, constatado por los profesionales que estaban con él cuando la noticia les sorprendió apenas unos minutos después. Lo intrigante es lo que Jean Hill dijo después: 

·         Hill: Vi un perro en el coche. Me lo siguen preguntando y ya lo he dicho tanto en la radio como en la TV: yo vi un perro en el coche.

·         Specter: ¿en qué coche?

·         Hill: Entre el presidente y la Sra. Kennedy, y me siguen preguntando que raza de perro era. Y yo les digo que no lo sé, que lo que menos me interesaba era lo que había o no en ese asiento, pero sé que era blanco y peludo, y que estaba sentado entre ambos. Debía ser un perro pequeño. Y la verdad es que no comprendo qué hacía ese perro ahí. Después vi que había unas rosas en el asiento, pero sé que estaban mirando algo y estoy segura de que lo vi.

·         Specter: ¿Se rieron de usted?

·         Hill: El que más se rio fue mi marido (del que más tarde se divorciaría) porque dije en un medio de Oklahoma que “el perro saltó al regazo de Jackie”. Y mi marido me dijo “de toda la gente de los Estados Unidos, solo podías ser tú quien viera un perro” …

Pues Jean Hill no se equivocaba… o casi.

Al aterrizar en Dallas, el presidente y la primera dama se acercaron hasta la multitud que aguardaba su llegada, estrechando manos y repartiendo sonrisas. Jackie llevaba el ramo de rosas rojas y alguien, entre todas aquellas personas, le regaló una pequeña marioneta: un corderito peludo, el popular

Lamb chop que era la creación de la ventrílocuo Shari Lewis, presentadora de televisión y ganadora del premio Peabody. La cadena NBC le dio su primer programa en exclusiva en 1960, el Shary Lewis Show, donde Lamb Chop —apenas un calcetín peludo con dos ojos enormes— compartía escenario con otras marionetas, llegando a producirse en serie y distribuirse en jugueterías de todo el país por apenas unos centavos.

Lamb chop se hizo tan famoso que obtuvo permiso para hablar en el Congreso en 1993, para testificar a favor de la protección de la televisión infantil.

Una de aquellas marionetas, blanca, peluda y totalmente inocente, viajaba a bordo de la limusina presidencial, acomodada entre el presidente y la primera dama. Aquel pequeño obsequio de un admirador se ganó un lugar en la historia cuando se quedó desamparado y cubierto de sangre en una esquina del asiento posterior, cuando algunos fotógrafos alcanzaron a captar el vehículo antes de que el Servicio Secreto pusiera la cubierta, a su llegada al Hospital Parkland.







No. No había ningún perro en la limusina presidencial aquel 22 de noviembre. Pero es comprensible pensar que el cerebro de Jean Hill, en shock ante los acontecimientos que estaba presenciando, confundiera aquel inocente juguete con un pequeña mascota blanca y peluda.

EL MEMORANDO DE MCCONE-ROWLEY

 


De vez en cuando, algún medio o aficionado con más ímpetu que conocimientos, saca a relucir el memorándum de McCone-Rowley, como una prueba indiscutible de la implicación de la CIA en los sucesos de la Plaza Dealey en 1963, y el vínculo existente entre ésta y Lee H. Oswald.

El memorándum es una supuesta carta oficial de la CIA de 1964, escrita por el Director de la Agencia, John McCone, y enviado al Jefe del Servicio Secreto, James Rowley. En él, McCone reconoce los lazos de la Agencia con Lee Harvey Oswald. Dicho documento contiene unas líneas donde se reconoce que Oswald fue agente de la CIA durante varios años.


·       Oswald fue entrenado por esta agencia, al amparo de la Oficina de Inteligencia Naval, para las asignaciones soviéticas. Durante la capacitación preliminar, en 1957, el sujeto estuvo activo en el reconocimiento aéreo de China continental y mantuvo una autorización de seguridad hasta el nivel "confidencial".

Por supuestísimo, el informe en cuestión no aparece por ningún lado en las sucesivas desclasificaciones documentales que hemos tenido a lo largo de los años. Pero, obviamente, eso no ha disuadido a las personas que creen que el memorando es genuino. Su razonamiento parece ser que “fue robado directamente de los Archivos Nacionales”. ¡Que también pudiera ser! Cosas más extrañas se han visto. Pero veamos por qué esta afirmación no tiene base ninguna.

JOHN McCONE

Cualquiera que esté familiarizado con los distintos informes originales que nos han llegado, SABE que el memorando es una falsificación. Probablemente uno de la primera generación de fakes de Photoshop en llegar a Internet. Y con toda seguridad fue creado por un neófito en estas lides para venderlo a algún investigador ávido de primicias y de evidencias que desbancaran las conclusiones de la Comisión Warren. Y la respuesta a este dilema fue descubierta hace ya diez años por el investigador Garrick Alder, que encontró una evidencia dramática en el número de referencia dado en la parte esquina superior derecha de la primera página: C0-2-34,030.

Descubrió que ese código no pertenece a un formato de referencia de la CIA, sino que el autor del engaño fue tan ignorante que usó un código de un documento auténtico. Lo que en Photoshop viene siendo un “corta y pega, y que aguante mientras cobro”.

Dicho código pertenece a un memorando del Servicio Secreto, relativo a una entrevista con Earlene Roberts, la que fuera casera de Oswald, en la pensión en el 1026 de la avenida N. Becley de Dallas. El informe fue escrito en junio de 1964, mientras que la Comisión Warren todavía estaba en trabajando en su informe, entrevistando a testigos y partes interesadas en la causa. Además, Garrick Alder constató que el falsificador no duplicó la fuente de la máquina de escribir del Servicio Secreto, sino que usó una máquina con una fuente similar. El resto de la falsificación fue un simple “corta y pega” del documento original. Ni siquiera utilizó otro documento para mostrar cierta originalidad. 

KENNEDY Y JAMES ROWLEY

Por supuesto, la CIA y el Servicio Secreto son dos estamentos distintos y utilizan formatos completamente diferentes. Y, por si hubiera alguna duda o quisiéramos aventurar que “alguna vez coincidieron en modos y maneras”, no hay ninguna razón para que un memorando de la CIA alguna vez hubiera utilizado ningún tipo de formato de documento del Servicio Secreto. Tampoco hay razón para que la CIA (en marzo de 1964) usara un número de referencia que el Servicio Secreto no generaría hasta cuatro meses después, en un documento genuino que, sospechosamente, también estaba relacionado con Oswald.

¿Pudo Oswald haber tenido conexiones con la CIA en la vida real? Con franqueza, dudo que un desertor no llamara la atención de la Central de Inteligencia, máxime cuando el mismo desertor se arrepiente de su elección y quiere volver a la madre patria. Y con esto no estoy diciendo que sospeche que Oswald fuera utilizado por la CIA de ningún modo, y menos para llevar a cabo los hechos que culminaron con el magnicidio del 22 de noviembre. Pero, sin lugar a dudas, el "memorándum de McCone-Rowley" no es evidencia de tales conexiones.

 

 

EL CEREBRO DE KENNEDY, ROBADO

 

Los restos del cerebro del presidente Kennedy podría dar respuesta a muchos enigmas relativos a su asesinato y, sobre todo, a detalles definitivos sobre el ´numero de tiradores y la procedencia de las balas que le alcanzaron.

Pero hay un problema: ese cerebro fue robado. Te lo cuento:

En abril del ’65, la que fuera secretaria ejecutiva de Kennedy durante toda su carrera política, Evelyn Lincoln, organizaba algunos documentos para depositarlos en los Archivos Nacionales. La Administración Nacional de Archivos y Registros (NARA) es la encargada de conservar los registros de la nación.

Evelyn Lincoln

En aquellos documentos, Lincoln especificó la disposición y contenido de diferentes colecciones preparadas para ser archivadas. Una de ellas, la nº 9, se componía de seis cajas, y en una de ellas había un cilindro de acero inoxidable de 18 cms. de diámetro y 20 cms. de alto. En su interior estaban preservados en formol los restos del cerebro de Kennedy que fueran rescatados en el Hospital Parkland de Dallas cuando intentaron salvar su vida y en el Hospital Naval de Bethesda de Washington donde le practicaron la autopsia. Lincoln acomodó el cilindro metálico dentro de un baúl, y lo cerró con llave, convirtiéndose a efectos documentales en la última persona que vio aquel cilindro.

Sección del memorando de artículos archivados

¿Los antecedentes? Pocos días después de los hechos, el médico jefe del hospital de Bathesda recibió una petición secreta del médico de la Casa Blanca, el Vice Almirante Dr. George Gregory Burkley, para que el cerebro fuera enviado a la Casa Blanca, donde fue almacenado en un despacho de la Consigna de presidentes. Un año después fue enviado a los Archivos Nacionales, para que Evelyn Lincoln dispusiera su almacenamiento.


Vice Almirante George G. Burkley

En 1972, el Dr. Cyril Wecht, patólogo, asesor, escritor y en aquel entonces director de la Academia de Ciencias Forenses —y uno de los principales detractores de los resultados de la Comisión Warren—, solicito acceso a los informes y las pruebas guardadas en los Archivos Nacionales, y descubrió que el cilindro metálico había desaparecido. ¡Tal cual!


Dr. Cyril Wecht

Sin pistas, sin testigos… ¡nada!

Por supuesto, no hay que descartar la posibilidad de que algún poder oscuro robase el cerebro del presidente a sabiendas de que un análisis forense en profundidad pudiera arrojar más luz sobre los hechos acaecidos aquel 22 de noviembre. Y, por descontado, la conspiración es inapelable.

Pero, como casi siempre, existe otra explicación: según el testimonio de la propia Evelyn Lincoln, en 1965 el hermano del presidente Kennedy, el senador Robert Kennedy, la llamó para explicarle que iba a enviar a su secretaria personal, Angela Novello, a los Archivos Nacionales, para recoger el cilindro y llevarlo a otra sala de ese mismo edificio, donde podría supervisarlo. El senador Kennedy falleció trágicamente en junio de 1968, y a pesar de que sí se encontró el registro de la visita de Novello a los Archivos, cuando fue cuestionada acerca de la urna… declaró que no recordaba nada del asunto, ni de ninguna urna o su contenido…


Angela Novello y en Senador Kennedy

Y se acabó la historia. Si esperabais un desenlace feliz, lo siento, pero no existe. Jamás ha sido hallado aquel contenedor ni existen pistas que indiquen su paradero. La prueba definitiva que podría desenmascarar la esquiva trama —una de tantas—, desapareció sin dejar rastro.

Sin embargo, en 'El fin de los días: el asesinato de John F. Kennedy', James Swanson afirma que una investigación ordenada por el entonces fiscal general, Ramsey Clark, indicó que Robert Kennedy era el responsable del hurto.

James Swanson

Si bien la investigación no logró recuperar el cerebro, sí "descubrió evidencia convincente que sugiere que el ex fiscal general Robert Kennedy, con la ayuda de su asistente Angie Novello, había robado el cilindro", escribe Swanson, en un extracto de The New York Post.

“Mi conclusión es que Robert Kennedy sí sustrajo el cerebro de su hermano, no para ocultar pruebas de una conspiración, sino quizás para ocultar pruebas del verdadero alcance de las enfermedades del presidente Kennedy, o quizás para ocultar pruebas de la cantidad de medicamentos que tomaba.”