| En primer término, el Servicio Secreto Paul Landis |
Paul Landis, nacido en Ohio e hijo de un entrenador deportivo universitario, fue uno de los agentes del servicio secreto asignados a la protección del presidente Kennedy. Estuvo en Dallas aquel fatídico 22 de noviembre de 1963. Ocupaba el coche escolta del Servicio Secreto en la comitiva, justo detrás de la limusina presidencial, subido en la parte trasera del estribo derecho del Cadillac convertible negro.
Sesenta años después de aquel suceso publicó un libro que pondría en tela de juicio todo el argumento de la Comisión Warren, de la teoría de la Bala Mágica, e incluso sería, de ser cierta, una prueba que abogaría por la posibilidad de un segundo tirador en la Plaza Dealey y, en consecuencia, la existencia de una conspiración, y no los actos de un “loco solitario”.
Según su relato, cuando llegaron al Hospital Parkland, todo era un caos: la primera dama, tumbada llorando encima de su marido cuya cabeza descansaba sobre su regazo, se negaba a dejar ver la magnitud de las heridas a todos cuantos intentaban llevarlo cuanto antes a la sala de urgencias donde le esperaban, al tiempo que una multitud en shock comenzó a acercarse hasta la comitiva y tuvieron también que ocuparse de impedirles el paso. Finalmente, el gobernador primero e inmediatamente el presidente, fueron llevados al interior del hospital. El relato de Landis toma un rumbo dramático cuando afirma que encontró en el respaldo del asiento trasero de la limusina un proyectil en perfecto estado y, temiendo que algún fotógrafo lo viera, o aun peor: que algún “cazador de recuerdos” la hiciera desaparecer, se lo guardó en el bolsillo. Nadie presenció su maniobra.Poco después, fue empujado hasta el interior de la sala de traumatología donde estaban intentando revivir a Kennedy —no lo dudemos: el presidente estaba ya muerto cuando entró en la sala de urgencias— y se situó junto a sus pies, detrás de la primera dama. Entonces afirma que tomó la decisión de dejar aquel proyectil encima de la camilla, con la esperanza de que fuera encontrada por alguien en aquella sala y la prueba fuera rescatada. También aquella maniobra fue ignorada por todos los presentes.
En 2023, Paul Landis publicó The Final Witness –El último testigo—, donde revelaría la odisea de la que fuera protagonista.Landis nunca ha suscrito teorías conspirativas y subraya que no las promueve ahora. Padeció los estragos psicológicos derivados de los sucesos de la Plaza Dealey, abandonando el servicio secreto poco menos de un año después de los hechos, pero siempre se mostró solícito ante los medios que pidieron su testimonio a lo largo de los años. Lo único que quería en su libro es contar lo que vio y lo que hizo.
Partamos de la base de que, históricamente, la bala aludida por el guardaespaldas fue recuperada por Darrell C. Tomlinson en una camilla, para después dársela al agente del servicio secreto Richard Johnsen. Así mismo, debemos puntualizar que nadie vio a Landis perpetrando las acciones que se adjudica en su libro.
El informe de Landis, a pesar de que no fue entrevistado por la comisión Warren, difiere en un par de puntos de dos declaraciones por escrito que presentó en las semanas posteriores al tiroteo. Además de que no mencionó haber encontrado la bala, dijo haber escuchado solo dos disparos. “No recuerdo haber escuchado un tercer disparo”, escribió. Tampoco mencionó haber entrado a la sala de traumatología donde llevaron a Kennedy, y escribió que “permaneció afuera junto a la puerta” cuando entró la primera dama. Explicó que los informes que presentó tras el asesinato incluían errores; estaba en estado de shock y casi no había dormido en cinco días, ya que se concentró en ayudar a la primera dama a superar la terrible experiencia, dijo, y no prestaba suficiente atención a lo que declaró. Según sus palabras, “no se me ocurrió mencionar la bala”. Sin embargo, en su informe de los hechos recordó con todo lujo de detalles cómo recogió el sombrero, el bolso y el encendedor de la primera dama del asiento trasero de la limusina.
Lo que más pone en duda el testimonio de Landis es que la propia Comisión afirmó que “eliminó la camilla del presidente Kennedy como fuente de la bala” porque el presidente permaneció en su camilla mientras los médicos intentaban salvarle la vida, y no fue retirada hasta que su cuerpo fue colocado en un féretro. De hecho, hicieron que Connally se tumbara en la mesa de operaciones de trauma para entubarlo, administrarle anestesia y tratarlo de sus heridas, retirando su camilla inmediatamente. Tomlinson, el ingeniero jefe del hospital que movió la camilla 90 minutos después de que Kennedy hubiera sido declarado muerto, explicó que chocó contra la pared al salir del ascensor, y la bala cayó al suelo.
| La bala mágica |
«Encontró una bala, casi intacta, que recogió. Se la guardó en el bolsillo y a mí me dijo que la llevó a la sala de urgencias y la dejó en una camilla en el pasillo», dijo Hill, concluyendo que “No pudo haber sucedido tal y como él cuenta ahora la historia”.
Landis afirma ahora que dejó esa bala en la camilla del presidente Kennedy dentro de la sala de traumatología, y no en una camilla en el pasillo. Este cambio radical con respecto a la historia original que narró al agente Hill puede causar más controversia sobre la teoría de la bala mágica, ya que, si efectivamente Landis la hubiera encontrado en el asiento trasero, no puede ser la misma bala que produjo las cinco heridas en el cuerpo de Connally en el asiento abatible delantero.| Gerald Posner |
Sin embargo, Posner es demasiado permisivo en sus conclusiones sobre el testimonio de Landis, cuando afirma que “Incluso suponiendo que esté describiendo con precisión lo que pasó con la bala, podría significar nada más que ahora sabemos que la bala que salió del gobernador Connally lo hizo en la limusina, no en una camilla en Parkland donde fue encontrada”. Eso no creo que sea acertado: si bien no me quita el sueño si Landis dejó la bala en una camilla del pasillo o dentro de la sala de traumatología, a la vista de todos, lo que sí me preocupa es dar crédito a dónde rescató la bala, que, según su recién recuperada memoria, fue entre las costuras del asiento trasero, donde se sentaban el presidente y la primera dama. Me cuesta trabajo imaginar las maniobras que tuvieron que hacer con el cuerpo de Connally cuando lo sacaban de la limusina, para que una bala que teóricamente se alojó en su zapato izquierdo, después de haber acabado su delirante viaje hasta su muslo, consiguiera volar desde donde se sentaba el gobernador, hasta el asiento trasero donde Landis presumiblemente la encontró.
¿Hipótesis? Todo me incita a aventurar —en el más estricto sentido del término— que la memoria del octogenario no es lo que fue en otro tiempo y que, del mismo modo que cambió los parámetros de su odisea desde que se la confesó al recientemente fallecido agente Clint Hill, Landis encontró aquella bala en el asiento donde estaba sentado el gobernador, o quizá en el suelo de la limusina. Me parece tremendamente posible que fuera él quien dejó aquella bala en la camilla del pasillo, quizá asustado o en shock debido a los acontecimientos que estaba viviendo. Los profesionales que estaban intentando salvar la vida del presidente, obligaron a casi todos a abandonar la sala. Incluso Landis dijo que se quedó afuera hace 62 años, cuando su memoria estaba en pleno uso de facultades. De hecho, en su declaración afirmó que se encargó de despejar los pasillos de curiosos que empezaban a atestar el lugar. ¿Convirtió su memoria el encendedor de la primera dama que recogió del asiento trasero, en el proyectil que ahora recuerda?
| Paul Landis en la actualidad |
Aun así no puedo entender que guardara el secreto por 60 años, a pesar de las múltiples entrevistas concedidas, de que faltara a su juramento y que no entregara aquella prueba crucial a su inmediato superior, dejándola en una camilla, con el peligro de que hubiera desaparecido para siempre. No entiendo que mintiera conscientemente en su informe de los acontecimientos. Y puedo entender que modificara sus recuerdos al confesarle sus actos en 2014 a su compañero Clint Hill.
Deliberadamente quiero huir de plantearme que tantos cambios en un testimonio sea una estrategia de ventas para dar salida a un libro, ahora que todos cuantos podrían refutar su relato: doctores, enfermeras, compañeros en el Servicio Secreto, e incluso Jackie Kennedy ya no pueden decir que Landis nunca entró en aquella sala donde se consumaba la tragedia. Quiero huir de esa hipótesis.
Pero…
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