Después del asesinato en Dallas, y del intento de
reanimación en el hospital Parkland, el cuerpo de Kennedy fue colocado en un
ataúd de bronce que pesaba más de 180 kg para el viaje de regreso a Washington.
Las enfermeras del hospital de Dallas envolvieron el cuerpo con sábanas de lino
y pusieron plástico en el ataúd para evitar que la sangre saliera.
Aquel sencillo ataúd, el mejor que la funeraria pudo
proporcionar en tan poco tiempo, permaneció cerrado a pesar de que las
autoridades sugirieron abrirlo para que el público pudiera ver que JFK había
fallecido. Las lesiones en su cabeza eran tan severas que Jackie Kennedy y su
cuñado, Bobby, rechazaron esta propuesta.

La autopsia se llevó a cabo en el Hospital Naval de
Bethesda, cerca de Washington. Para cuando el cuerpo fue embalsamado y quedó en
condiciones de ser expuesto, el ataúd estaba en tan mal estado que se decidió
que no podía utilizarse para el velatorio del presidente en el Capitolio. Se
sustituyó por un ataúd de madera de caoba africana, pero la funeraria de
Washington que embalsamó los restos de JFK guardó el primer ataúd sin saber qué
hacer con él. Aproximadamente un año más tarde, el gobierno de EE. UU.
intervino para evitar que se convirtiera en un macabro recordatorio o en una
exhibición.
El 18 de febrero de 1966, a solicitud de la familia Kennedy,
la Fuerza Aérea de los Estados Unidos se encargó de deshacerse del ataúd. Lo
llenaron con sacos de arena de 36 kg, le hicieron más de 40 agujeros, lo
colocaron en una caja de pino, lo ataron con cinta metálica y le añadieron
paracaídas.
Fue cargado en un avión de transporte que voló alrededor de
160 kilómetros mar adentro en el Atlántico, alejado de las rutas marítimas,
hasta un punto donde el océano tiene 2750 metros de profundidad. El ataúd fue
empujado fuera por la escotilla trasera del avión y, después de que los
paracaídas amortiguaron el impacto con el agua, comenzó a hundirse de
inmediato. El avión sobrevoló el área durante unos 20 minutos para asegurarse
de que nada emergiera de la superficie.
Pero hay una parte más… sucia: De vuelta en Dallas, Vernon
O’Neal, el propietario de la funeraria que había suministrado en ataúd, estuvo
discutiendo con el Gobierno de los Estados Unidos sobre el precio del ataúd. El
Gobierno lo consideraba excesivo, pero, aunque O’Neal rebajó el precio, ambas
partes seguían en un punto muerto. Sin embargo, lo que O’Neal realmente quería
era que le devolvieran el ataúd. Estaba recibiendo ofertas de más de 100 000
dólares por él, lo que hoy equivaldría a casi un millón de dólares.
El Gobierno federal,
para evitar que el ataúd cayera en manos de los «curiosos morbosos», pagó a
O’Neal sus 3.495 dólares.
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