LA HONORABILIDAD DE ABRAHAM ZAPRUDER


Abraham Zapruder, nacido en Ucrania en 1905, fue un fabricante de ropa para mujer estadounidense, que tuvo la desdicha de filmar accidentalmente el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas, el 22 de noviembre de 1963. A pesar de que hubo otras que captaron el momento en que una bala sesgó la vida del presidente, su película casera de 26 segundos se convirtió en la grabación más detallada y crucial del magnicidio. Y digo desdicha porque aquel suceso marcaría drásticamente el resto de su vida, convirtiéndolo en un hombre traumatizado hasta que falleció en 1970.

Ni siquiera recordó traer su cámara aquella mañana. Una de sus secretarias le animó a que volviera a casa y trajera su nueva cámara, una Bell and Howell Zoomatic Director Series (Modelo 414 PD), que había adquirido hacía unos meses, y que filmaba en película de 8mm. Y también fue ella quien le dijo que sería una buena idea ver la comitiva a pie de calle, y no desde la ventana de sus oficinas en la esquina de la calle Elm, en el segundo piso del Edificio Dal-Tex, justo al lado de la Plaza Dealey. De hecho, fue con ella y se encaramaron juntos sobre la peana del extremo oeste de la Pérgola, desde donde Zapruder filmaría toda la secuencia.


El empresario recibió muchas críticas por haber hecho negocio del tan trágico suceso: inmediatamente después, el jefe de la oficina del Servicio Secreto en Dallas, Forrest Sorrels, lo acompañó hasta un laboratorio para revelar su película, de la que hicieron tres copias. Solo una de ellas se la quedó Zapruder y la vendió unos días después a la revista Time Life por 25000 dólares —unos 230000 euros actualmente—. Y, naturalmente, surgieron las críticas que todavía hoy ahondan en la honorabilidad del empresario por haber hecho tantísimo dinero de la desdicha de toda una nación.

Y es que, la mayoría de las veces, la gente solo escucha una parte de la verdad, si tiene la oportunidad de hacer leña de un árbol caído.

Abraham Zapruder entregó todo ese capital a asociaciones benéficas del departamento de Policía y el grupo de Bomberos de Dallas. Además, solicitó que parte del dinero fuera destinado a sufragar los gastos del entierro del agente de policía J.D.Tippit, que también fuera asesinado en Dallas aquel 22 de noviembre. Pero ahí no queda todo.

La empresa Bell and Howell le solicitó que les cediera su cámara para sus archivos históricos, y Zapruder quedó tan traumatizado con aquella vivencia que no lo pensó ni un momento: les remitió su cámara nueva sin pedir ninguna compensación a cambio. Aun así, Bell and Howell tuvo a bien regalarle un proyector de sonido profesional —bastante más caro que la cámara de la que se había desprendido—… Y Zapruder lo cedió a un centro de la tercera edad, el Golden Age Group, para su disfrute en sus instalaciones.

¡Abraham Zapruder no quiso tener ningún vínculo ni beneficio con el trance que marcaría el resto de su vida! Lamentablemente, este detalle no aparece reflejado en ninguno de los documentales y películas que abordan aquellos acontecimientos, pero el empresario pasó sumido en una profunda depresión muchos meses, con graves periodos de insomnio y trastornos en su personalidad. Llegó incluso a llorar ante los miembros de la comisión Warren cuando fue entrevistado en julio de 1964 —ocho meses después del magnicidio—, al revivir la experiencia.

La revista Time Life estuvo sacando fotogramas de aquella película durante años en sus páginas. El investigador Robert Groden la obtuvo de manera clandestina mientras trabajaba como técnico de laboratorio. Pudo hacer una copia pirata de alta calidad (posiblemente de una versión de 16mm o 35mm que la revista mandó fabricar en los años 60) y que el propio Groden ya mostraba en ponencias y simposios de investigación. En 1975, un productor de la cadena ABC se puso en contacto con él y le invitó a mostrarla en el programa del periodista Geraldo Rivera, Good Night America, el 6 de marzo de 1975.

En ese momento, la revista era todavía la dueña legal de los derechos de autor y prohibía su emisión. Rivera tuvo que indemnizar personalmente a la cadena ABC para que aceptaran emitir el programa, asumiendo el riesgo de una demanda millonaria que finalmente no ocurrió.

Gracias a la presión pública que generó esta emisión, la familia Zapruder recuperó los derechos de la película poco después por el pago simbólico de un dólar.

Zapruder no hizo ni un centavo de aquella película. De hecho, solamente tuvo pérdidas en su vida personal y estabilidad emocional. Nunca persiguió fama o dinero de su experiencia: curiosamente, fue una de las primeras personas que apareció en televisión aquel mismo 22 de noviembre narrando su experiencia, desmoronándose también ante los millones de americanos que necesitaban saber qué diablos había pasado en Dallas, y, desde entonces, puedes comprobarlo buscando su nombre en las redes, se conocen muy pocas fotografías del empresario.

EL "OTRO" TESTIGO QUE VIO A OSWALD - segunda parte

 


¿Cómo conoció el periodista Thayer Waldo la extraordinaria historia de aquel testigo? El 24 de mayo redactó una declaración para el FBI donde descubría todos los detalles: al parecer, el 9 de febrero recibió una llamada telefónica del abogado Mark Lane que, desde San Francisco, le rogaba que acompañara a la madre de Oswald porque debía tomar un avión a Washington desde el aeropuerto de Love Field, en Dallas, y le gustaría que la acompañara alguien “que conociera y en quien pudiera confiar”.

Allí debía comparecer ante la Comisión Warren. Es muy probable que Marguerite no estuviera a gusto escoltada por agentes del FBI y la policía, y quisiera sentirse arropada por alguien como Waldo, un periodista que podría ofrecer un testimonio imparcial si alguno de aquellos representantes de la ley hubiera intentado alguna maña sospechosa con ella.

En torno al mediodía, el periodista se personó en casa de Margarite y se encontró con Mike Howard, del Servicio Secreto, y Pat Howard, su hermano, de la policía de Fort Worth. Condujeron hasta Love Field donde se encontraron con el Agente Especial Forrest V. Sorrels, a cargo de la oficina del Servicio Secreto de Dallas, y otro agente que la acompañó a ella hasta el avión. En el transcurso de un café y una conversación centrada en los pormenores del caso en el aeropuerto, el oficial Pat Howard le comentó al periodista —siempre según el relato de este último—:

“Waldo, si la comisión no lo ha hecho público para entonces, después del juicio de Ruby yo mismo iré y te contaré una historia con la que explotaría la cabeza de todo el mundo. Solo te voy a decir algo: hay un testigo que presenció el tiroteo y que puede identificar a Oswald sin ninguna duda. ¿Te parece lo bastante bueno?”

 

Ya en el coche, Waldo se sentó detrás y los hermanos continuaron hablando de los pormenores del caso. En un momento, Mike Howard, al volante, exclamó:

 “Ya verás cuando ese chico negro se ponga delante de la comisión y cuente lo que sabe. Entonces se callarán”.

 Pat entonces se giró hacia el periodista, levantando sus cejas y sonriendo, intentando dar a entender que lo que acababa de decir su hermano tenía que ver con lo que le había adelantado en el aeropuerto. Mike, quizá sin reparar que estaba hablando delante de un periodista, le explicó con pelos y señales la historia del conserje del Depósito de Libros que vio a Oswald desde apenas unos metros abriendo fuego contra la comitiva a pocos metros de distancia, afirmando que «le imputaron un delito de vagabundeo para poder retenerlo» y que no desapareciera, aunque más tarde lo llevaron a otro lugar desconocido para el agente especial. Lo único que no dijo fue el nombre del testigo porque “no lo sabía” o “no lo recordaba”.

A lo largo del monólogo, Waldo enfatiza que nunca se dijo que no se pudiera citar aquellos datos o que era un asunto confidencial y, a pesar de que el periodista omitió deliberadamente el nombre de los hermanos Howard en su columna del Fort Worth Star Telegram, tampoco se dijo que ellos debían permanecer en el anonimato.

Por supuesto, el artículo removió cielo y tierra y, tras su publicación, en pocos minutos se hicieron eco la radio y la televisión, e inmediatamente después recibió la llamada de Mike y Pat, solicitándole —ahora sí— que no hiciera uso de sus nombres. Pero entonces se complicó todo:

Waldo no utilizó el nombre de los hermanos en ningún momento sino para validar la historia ante su editor. Ni  cuando hablo con el FBI con respecto a su artículo, en programas de radio a los que fue invitado, etc… Pero entonces recibió la llamada de Mark Lane, quien estaba interesado en conocer los detalles, y solicitó reunirse con él en Fort Worth. En su declaración, expondría: 

“Por su forma de hablar, me di cuenta de que todo cuanto le contara o le mostrara se mantendría en secreto. Lo llevé a la sala de consulta, donde leyó el Star Telegram de la mañana del 10 de febrero. Luego me preguntó si me importaría revelarle mi fuente. Creyendo que se trataba de una pregunta habitual de un abogado, dentro de los límites de la discreción profesional, le conté toda la historia.”

 

Mark Lane no tardó ni un día en explicarle todos los detalles a la Comisión Warren, traicionando, no solo la confianza del confidente, sino la de su cliente, la Sra. Marguerite Oswald. Pero no se quedó ahí:

 


“No volví a saber nada del Sr. Lane hasta un par de semanas después, cuando la Sra. Marguerite Oswald me llamó y me preguntó si podía ir a su casa, ‘ya que tengo varias cosas importantes que mostrarte’.


“Una de las cosas que me enseñó fue un ejemplar del National Guardian del 9 de mayo de 1964. En un artículo de portada se citaba a Mark Lane, revelando todos los detalles que yo le había dado sobre la historia.”

 

Mark Lane utilizó aquella historia para respaldar su propia cruzada contra la Comisión Warren, descubriendo a sus fuentes y dejando en flagrante entredicho la confidencialidad de sus conversaciones. Y no solo las reveló a la institución presidencial encargada de investigar el magnicidio —que aún podría tener una excusa—, sino se animó a llenar páginas en noticiarios y periódicos con los datos más privados de la investigación. Algo que, por otro lado, caracterizó la carrera del abogado, que, a finales de 1963, en cuanto se supo que la Comisión había sido constituida, solicitó por escrito al Juez Supremo de los Estados Unidos y líder del grupo de investigación presidencial, Earl Warren, que se le tuviera en consideración para formar parte del mismo. Fue un agravio mayúsculo ser ignorado, pero mucho más no recibir una respuesta del propio juez, sino una genérica de manos de uno de los investigadores.

Obviamente, Mike y Pat Howard rindieron testimonio ante el FBI por la sospecha de haber divulgado semejante información trascendental ante un periodista, y tuvieron la oportunidad de explicar su versión de los hechos. Y obviamente también, dijeron que nada de aquello era cierto y que no entendían cómo Waldo había llegado a semejantes conclusiones. Pat explicó que “en el viaje de vuelta, MIKE HOWARD mencionó que había un hombre negro en el Texas School Book Depository en el momento en que se produjo el asesinato. Tras el tiroteo, el hombre negro abandonó el edificio apresuradamente porque temía verse implicado de alguna manera, ya que tenía varios antecedentes por delitos menores relacionados con el juego o la vagancia. PAT HOWARD dijo que MIKE HOWARD contó esto como un incidente divertido y que en ningún momento dio a entender que este hombre negro hubiera sido realmente testigo de que alguien disparara al presidente.”



Con respecto a la declaración de Mike Howard delante del FBI y en presencia de su superior, el Inspector Thomas J. Kelley del Servicio Secreto, el 28 de mayo… algo huele raro: primero dice que Waldo nunca se identificó como un miembro de la prensa —algo extraño si pensamos que llevaba más de 24 años como corresponsal en México y Cuba y, habiendo entrado en la plantilla del Fort Worth Star Telegram desde 1962, había estado innumerables veces en el departamento de policía de Fort Worth, donde Pat Howard era ayudante del Sheriff—, y después asegura:

 


“El agente especial Howard declaró que, mientras le contaba este incidente a su hermano Pat, no sabía que Waldo, que estaba en el asiento trasero del coche, pudiera haber escuchado la conversación; sin embargo, Waldo se inclinó hacia delante por encima del respaldo del asiento delantero y le preguntó al agente Howard si esa persona, el hombre negro que era el tema de la conversación, sería llamada a testificar ante la Comisión Warren. El agente Howard declaró que, en tono de broma, le respondió a Waldo: «Pues sí, seguro que será llamado». En respuesta a una pregunta de Waldo sobre dónde se encontraba ese hombre, el ayudante del sheriff Pat Howard respondió en tono de broma: «Probablemente lo tengan escondido en algún sitio».”

 

¿Cómo pudo no recordar Pat Howard este punto en su declaración oficial, por mucha broma que fuera?

El agente especial afirmó que ni él ni su hermano entablaron ninguna conversación directa con el periodista, y aseguró que no recordaba ninguna de las frases que aparecían en los artículos de Lane o de Waldo, y estaba seguro de que nunca dijo que el “conserje negro” era testigo de las supuestas actividades de Oswald en la sexta planta del Depósito de Libros, afirmando que todo parecía ser invenciones del reportero. Como era de esperar, los hermanos negaron cualquier implicación en los hechos relatados por el reportero. Todo era falso. Todo era mentira… pero ninguno se querelló contra él.


En la próxima entrega intentaremos encontrar el desenlace de esta trama porque, si bien hay trazos oscuros en las declaraciones de los hermanos Howard, negando haber narrado una historia extraordinariamente reveladora e inculpadora ante un periodista, que supo aprovechar la oportunidad, lo que es innegable es que hay ciertamente un testigo que concuerda efectivamente con el protagonista descrito en esta historia.

EL "OTRO" TESTIGO QUE VIO A OSWALD - primera parte

 

Te cuento cómo comenzó esta historia, para ponernos en antecedentes de un artículo que, aunque francamente interesante y revelador, se presume largo.

Antes de nada, hay que conocer a Mark Lane, un destacado abogado, político y escritor estadounidense, reconocido principalmente por ser uno de los críticos más prominentes de la Comisión Warren y por sus teorías sobre el asesinato de John F. Kennedy. La conexión entre él y Marguerite Oswald, la madre del presunto asesino de Kennedy, Lee H. Oswald, surgió tras la publicación de un artículo de Lane titulado “Oswald Innocent? A Lawyer's Brief" en el periódico National Guardian antes de que se cumpliera un mes del magnicidio, que cuestionaba las pruebas contra Lee Harvey Oswald. Marguerite lo contrató para defender los intereses de su hijo fallecido ante la investigación federal y, a pesar de que la Comisión rechazó su solicitud formal, argumentando que no tenía estatus legal para representar a un fallecido en ese proceso, ambos trabajaron juntos impartiendo conferencias donde denunciaban lo que consideraban una investigación injusta y una "condena" mediática sin juicio previo.

Por este motivo, el trato entre Lane y los miembros de la Comisión estuvo siempre envuelto en un impertinente tira y afloja constante, que queda reflejado claramente en la correspondencia que mantuvieron: “Tienes que venir-iré cuando pueda”. “Mira, que esto es una comisión presidencial-eso no significa que podéis hacer lo que queráis”. “Muéstranos las pruebas que tienes-me ampara el derecho abogado-cliente” … Lane llegaba incluso a decirles en sus cartas que “si la Comisión quería pedirles disculpas, estaría receptivo a ellas”.

Esta historia nos lleva precisamente a una carta que Mark Lane remitió a J. Lee Rankin, procurador general de los Estados Unidos de 1956 a 1961 y consejero general jefe de la Comisión, donde le decía:


“Ya tengo la información que prueba que la historia ampliamente difundida en los Estados Unidos el 10 de febrero, acerca de un testigo, un conserje negro, que vio claramente a Oswald apretar el gatillo, fue deliberadamente difundida por un agente del Servicio Secreto. Sugiero a “tu Comisión” (las comillas son mías) que muestre menos preocupación por mis fuentes, y más preocupación por la persecución de un ciudadano americano por parte del FBI. Y también le sugeriría que intentaran determinar por qué un agente del Servicio Secreto de los EEUU filtraría deliberadamente una historia falsa a los medios de comunicación. Deberíais estar interesado en investigar eso, incluyendo los nombres y credenciales de los agentes del FBI y los de las personas involucradas en la divulgación de historias falsas a la prensa”.

La “historia ampliamente difundida” a la que se refería Lane es una columna que aparecería en primera plana del periódico Fort Worth Star Telegram del 10 de febrero de 1964, donde el periodista Thayer Waldo descubría, sin citar fuentes o nombres, la existencia de un testigo que hubiera podido incriminar definitivamente a Oswald. A grandes rasgos, según aquella escueta columna, el conserje negro de unos treinta años estaba también en la sexta planta mirando por una ventana, cuando el estruendo de un disparo le hizo mirar hacia su izquierda, y vio a Lee “en la ventana de al lado, arrodillado, con un fusil apuntando hacia la calle”. El testigo entonces se giró y corrió hacia las escaleras al otro lado del almacén, donde había algunas cajas apiladas, escondiéndose detrás. Le dijo a la policía que “estaba aterrado. Pensé que también me iba a disparar a mí. Oí un segundo disparo mientras corría a esconderme, y un tercero cuando ya estaba detrás de las cajas. Después corrió hacia donde yo estaba y casi tropezó conmigo cuando pasó a mi lado. Soltó el fusil y se fue por las escaleras”.

¿Cómo? ¿Qué un testigo estaba presente mientras Oswald —y no otro— disparaba contra el Kennedy, y podía identificarlo sin ningún lugar a dudas?

Obviamente, Rankin, a vuelta de correo el 12 de mayo, le instó al abogado a presentar inmediatamente las pruebas de semejante comodín dorado ante la Comisión, y el día 16 de mayo —cuatro días después. No es que se hiciera de rogar demasiado, la verdad— Mark Lane le remitió el siguiente texto:

 


«Un agente del Servicio Secreto llamado Mike Howard, en presencia de su hermano Pat Howard, ayudante del sheriff del Condado de Tarrant, ofreció información falsa a Thayer Waldo, reportero del Fort Worth Star Telegram.

 

«Espera a que ese chico negro se ponga delante de la Comisión Warren y les cuente su historia. Ahí se aclarará todo. Sí, señor. Estalla allí, en la misma planta, mirando por la ventana de al lado; y después del primer disparo, miró y vio a Oswald, y entonces echó a correr. Lo vi en la estación de policía de Dallas. Todavía era el negro más asustado que haya visto nunca. Oí cómo le decía al oficial “oiga, usted no sabe lo que es correr rápido porque no me vio ese día”. Dijo que salió corriendo y se escondió detrás de unas cajas porque tenía miedo de que Oswald le disparara a él.

 

«Mike Howard explicó entonces que el testigo Negro había sido arrestado en el pasado por la oficina de Servicios Especiales de la Policía de Dallas por juego ilegal; y, como que estaba familiarizado con esa sección de la Policía de Dallas, inmediatamente se dirigió a dicha sección. El Sr. Howard dijo que visitó al testigo negro mientras estaba en custodia de los Servicios Especiales, en la prisión de Dallas. El Sr. Howard dijo que después había sido llevado a otro lugar, pero que no sabía dónde lo habían llevado. Después de que Waldo publicara la historia en el Fort Worth Star Telegram, Pat Howard le llamó y le preguntó “No habrás dicho que tu fuente es Mike, ¿verdad? No habrás dicho su nombre”. Cuando Waldo le dijo que había protegido sus fuentes, Pat Howard le dijo “Vale, buen chico, buen chico. Eso podría traer cola”.



«Además de que parece mentira que un agente del Servicio Secreto de los Estados Unidos utilice semejantes epítetos para referirse a un ciudadano que paga su salario, cualquiera se preocuparía al comprobar que una agencia en la que su Comisión confía a la hora de la mostrar exactitud en sus informes, parece que ha filtrado una historia falsa a la prensa.»

 

Ya estoy redactando la segunda entrega de esta apasionante historia, y lo más sorprendente es que esa “historia falsa filtrada por un agente del Servicio Secreto”… podría no ser falsa.


Y UN CUERNO!!

 


“Cinco días antes del asesinato, la oficina del FBI de Nueva Orleáns recibió un télex advirtiendo de que se preparaba un atentado contra el presidente durante el fin de semana en Dallas. El FBI no transmitió esta advertencia al Servicio Secreto ni a otras autoridades. Poco después del asesinato, el mensaje de télex desapareció del archivo de la oficina del FBI de Nueva Orleáns.”

 

¡¡Y UN CUERNO!!

Esta es una de las alegaciones que el fiscal de distrito de Orleans Parish, Luisiana, Jim Garrison, que se querelló en 1967 contra Clay Shaw —o Bertrand— por conspirar en el asesinato de Kennedy y cuyas investigaciones y su libro "On the Trail of the Assassins" fueron la base para la película JFK (1991) de Oliver Stone, argumentó para basar sus acusaciones.


Sin duda, es muy probable que, en 1967, cuando los medios y fuentes del fiscal no eran tan exhaustivos como hubiera sido deseable, se cometieran errores de interpretación durante la investigación —aunque yo dudo que Garrison prestara oídos a las explicaciones convencionales en su particular cruzada contra todo lo que oliera a “poder establecido”—, pero en 1976 se estableció el Comité selecto de la Cámara de representantes de los EEUU sobre asesinatos (HSCA, de sus siglas en inglés), para investigar los asesinatos de JFK y de Martin Luther King. Dicho comité surgió a petición popular debido al desacuerdo general contra las conclusiones de la Comisión Warren, de la sociedad americana ante las nuevas evidencias del caso, como, por ejemplo, la aparición pública de la filmación de Abraham Zapruder.

La HSCA fue una extraordinaria maniobra y sus conclusiones fueron totalmente reveladoras. Incluso se llegó a afirmar que existían pruebas suficientes para respaldar una “probable conspiración”, a pesar de que no pudo identificar facciones o particulares materiales que dispararan contra la comitiva. No decían que existió una conspiración evidente, pero dejaban abierta la puerta a dicha posibilidad. Se descubrieron testigos, se volvieron a analizar pruebas, se descubrieron otras inexistentes en 1963, 1964 y 1967… Una investigación histórica cuyas conclusiones deberían ser respetadas —o, al menos, esa era la intención— por todos aquellos recelosos de las conclusiones de la Comisión.

Las conclusiones del HSCA se conocen desde 1979, cuando dicha comisión emitió su informe. Por lo tanto, Garrison no podía conocerlas en 1967… pero sí las conocía Oliver Stone cuando filmó su JFK, y podía haber omitido los errores que el juicio de Garrison dejó en evidencia. Por cierto: el fiscal no pudo ni siquiera demostrar la implicación de Clay Shaw en su presunta conspiración, y éste salió impune.

¿Os cito cuáles fueron las conclusiones reales acerca del supuesto teletipo recibido por el FBI?

“La comisión no encontró ninguna base independiente para verificar el testimonio de William S. Walter sobre un expediente de informantes de Oswald, pero otra acusación formulada por él, ajena a la cuestión de los informantes, llevó a la comisión a rechazar su testimonio en su totalidad. En una declaración ante el comité, Walter afirmó que el 17 de noviembre de 1963, mientras se encontraba de guardia nocturna como empleado de seguridad del FBI, recibió un teletipo de la sede central del FBI en el que se advertía de un posible intento de asesinato contra el presidente Kennedy durante su próximo viaje a Dallas, el 22 o 23 de noviembre de 1963. Walter recordó que el teletipo iba dirigido a todos los agentes especiales a cargo de las oficinas locales del FBI y que les ordenaba ponerse en contacto con informantes de grupos criminales, racistas y de odio para determinar si la amenaza tenía algún fundamento. Walter afirmó que este teletipo fue retirado de los archivos de la oficina del FBI de Nueva Orleans poco después del asesinato de Kennedy.

“Walter admitió que no había afirmado públicamente la existencia de ese teletipo hasta 1968. En aquel momento, el FBI inició una investigación que no logró encontrar ninguna prueba que corroborara la versión de Walter. Según la Oficina, no se encontró ningún registro de un teletipo ni de ningún otro tipo de comunicación que informara de que se produciría un intento de asesinato del presidente Kennedy en Texas. Más de 50 empleados de la oficina del FBI en Nueva Orleans fueron entrevistados por la Oficina, y ninguno de ellos afirmó tener conocimiento alguno de tal teletipo. En 1975, la Oficina volvió a investigar la denuncia sobre el teletipo después de que Walter afirmara que había conservado una réplica del teletipo y que este había sido enviado a todas las oficinas locales del FBI. El FBI examinó el texto de la supuesta réplica y determinó que difería en formato y redacción del estándar. La Oficina también informó de que las búsquedas realizadas en cada una de sus 59 oficinas locales no arrojaron ninguna prueba que indicara la existencia de dicho teletipo.

“Walter informó al comité de que no conocía a nadie que pudiera corroborar con certeza su alegación sobre el teletipo, aunque sugirió que su exmujer, Sharon Covert, que también había trabajado para el FBI en Nueva Orleans, podría hacerlo. Sharon Covert, sin embargo, informó al comité de que no podía respaldar ninguna de las alegaciones de Walter contra el FBI y que Walter nunca le había mencionado sus alegaciones durante su matrimonio.

“El agente especial al mando en Nueva Orleans, Maynor, también negó que Walter se hubiera puesto en contacto con él en relación con una amenaza de asesinato.

“Sin embargo, lo que llevó al comité a desconfiar del relato de Walter sobre el teletipo del asesinato fue, sobre todo, su afirmación de que este había sido dirigido a los agentes especiales al mando de todas las oficinas locales del FBI. Al comité le resultaba difícil creer que se hubiera podido enviar un mensaje de ese tipo sin que, quince años después, alguien —un agente especial al mando o un empleado que pudiera haber visto el teletipo— se hubiera presentado para respaldar la afirmación de Walter. El comité se negó a creer que tantos empleados del FBI hubieran guardado silencio durante tanto tiempo. En cambio, el comité llegó a cuestionar la credibilidad de Walter. El comité concluyó que las acusaciones de Walter carecían de fundamento.”

Dicha sección en las conclusiones de HSCA fue omitida deliberadamente por Stone en su JFK. ¿Quién no lo haría, si pretendes respaldar una conclusión propia? Pero llegados a este punto, hay dos opciones: o aceptas que Walter inventó una historia con la intención de obtener algún tipo de provecho, en la que incluso su propia esposa no le respaldó, o aceptas que todas aquellas delegaciones (¡59 oficinas!) y oficiales del FBI que recibieron el supuesto teletipo han guardado silencio hasta el día de hoy. Coincido en que es mucho más excitante la segunda opción, pero…

"POR FAVOR, LLÁMAME. LEE"

Foto Manny Marín

Las pistas falsas investigadas por el FBI fueron incontables. Durante meses, tanto la policía como el servicio secreto, como la CIA, como el mismo FBI, se dedicaron a recoger testimonios de los mismos implicados y tuvieron que desmenuzar cada uno de aquellos datos, para intuir qué pistas eran fiables y cuáles pertenecían al enorme grupo de despropósitos, que no hacían sino confundir a los analistas. Hoy pondremos sobre la mesa uno que, en sí, no supuso un verdadero desafío al Buró, pero que a mí me costó meses de búsqueda en un tiempo en el que el gran volumen de información no estaba todavía desclasificada o digitalizada.

El 15 de octubre de 1963, poco más de un mes antes del magnicidio, el periódico Dallas Morning News publicó una escueta nota en la sección de mensajes personales breves del periódico, que dictaba:

’RUNNING MAN.’ Please call me. Please, please. LEE” –‘CORREDOR’. Por favor, llámame. Por favor, por favor. LEE—

Al día siguiente, el mismo periódico y en la misma sección, publicaba otro extraño reclamo:


“I WANT THE RUNNING MAN. Please, call me. LEE” –Busco al corredor. Por favor, llámame. LEE—.

Y un día después, el jueves 17, volvía aparecer la ya desesperada petición:

I’VE just got to find “THE RUNNING MAN”. Please call me. LEE” -TENGO que encontrar al CORREDOR. Por favor, llámame. LEE-

El juez Burt W. Griffin fue asesor jurídico adjunto de la Comisión Warren, y el 24 de marzo de 1964 remitió una carta a James Lee Rankin, que ocupara el cargo de asesor jurídico de dicha Comisión —por cierto, su hijo donó a los Archivos Nacionales los expedientes que Rankin mantuvo a lo largo de la investigación de la Comisión Warren, y contienen numerosos borradores de cada capítulo del informe final de la Comisión, así como memorandos, correspondencia, entrevistas, informes de investigación y artículos de periódicos y revistas relacionados con el asesinato—. En aquella carta, instruía a algunos miembros de la comisión a acometer algunos puntos importantes, e instaba a Richard M. Mosk —magistrado del Tribunal de Apelación de California, que el día 2 de enero solicitó formalmente ayudar en las tareas de investigación para la Comisión Warren—, que:

“Consulte las secciones de anuncios clasificados del Dallas Morning News y del resto de periódicos de Dallas archivados en la Biblioteca del Congreso correspondientes al periodo comprendido entre el 10 y el 15 de octubre para determinar si aparece (supuestamente el 15 de octubre de 1963) el anuncio personal que dice: «Corredor. Por favor, llámame. Por favor. Por favor. Firmado: Lee».


Obediente, Mosk redactó un memorándum donde descubría el entuerto: aquellos anuncios publicados en el Dallas Morning News era una pintoresca campaña de promoción para la película británica “The Running Man” —adaptada en España como El precio de la muerte—, que precisamente se estrenaba en el Cine Capri de Dallas aquellos días. Al parecer, la promoción pretendía insinuar que los mensajes del periódico los mandaba la protagonista femenina del filme, Lee Remick, y no el presunto magnicida, Lee H. Oswald.

Sin embargo, Mosk sugería en su memorando que, si la comisión deseaba tener todos los datos relativos a la campaña, debería encomendarse la tarea al FBI, quienes tendrían acceso a los pormenores y los aspectos privados de la investigación. 

Y, por supuesto, el director del FBI, J. Edgar Hoover, remitió una carta a principios de abril donde corroboraría los detalles intrínsecos, como el cuándo e incluso quién puso el anuncio en el periódico. Lo que en un principio se trataba de una inocente forma de empujar a la audiencia hasta los cines, se había convertido en la sospecha de que Oswald era parte de una conspiración.

Me costó, hace muchos años, encontrar los periódicos de la época, constatando además que existen varios anuncios de la película en la sección de espectáculos, y descubrí que dicha táctica, peculiar y críptica sin duda, no era una práctica promocional excepcional en los cines de entonces.

Del mismo modo, aquellos tres breves anuncios en un periódico local no fueron los únicos contratiempos que encontraron la comisión y el FBI durante la precipitada investigación, que se vieron obligados a invertir medios y efectivos en analizar las pistas e indicios para intentar descubrir qué había ocurrido en la Plaza Dealey aquel fatídico día.

La presión social era implacable. No podían dejar ningún cabo sin atar. No podían volver a cometer otro error.

 

EL PREMIO NOBEL QUE RESOLVIÓ EL GRAN DILEMA

 


El 31 de mayo de 1970, el físico estadounidense Luis Walter Álvarez organizó una excursión familiar. Sin embargo, esta excursión tenía un objetivo científico. Álvarez eligió un campo de tiro en San Leandro, cerca de la bahía de San Francisco. Esto era conveniente, ya que estaba cerca del laboratorio donde trabajaba. En ese momento, Álvarez tenía 58 años. Se le describe como una persona imponente, pero cercana. Estaba vestido de forma informal y acompañado por su esposa Janet y sus hijos.

Mientras su familia observaba desde cierta distancia, Álvarez dirigió un experimento junto a estudiantes y técnicos. El propósito de este experimento era reproducir el efecto de una bala al impactar contra una cabeza humana. Para lograr esto, utilizaron melones reforzados con cinta de fibra de vidrio, intentando imitar la estructura del cráneo. Estos melones se colocaron en distintas posiciones frente a un tirador experto armado con un rifle de alta potencia, mientras una cámara registraba el experimento. Lo que realmente importaba no era solo la destrucción del blanco, sino analizar la dirección en que este se desplazaba tras el impacto.

Aquí surge la hipótesis de Álvarez: según la intuición general, un objeto alcanzado por una bala debería moverse en la misma dirección que el proyectil. Sin embargo, Álvarez planteó lo contrario: que el blanco se desplazará hacia atrás, es decir, en dirección al tirador. Esta idea, aparentemente contradictoria, buscaba aclarar un aspecto clave del asesinato de John F. Kennedy: en la grabación del atentado, la cabeza del presidente parece retroceder tras el disparo fatal. Muchos interpretaron esto como indicio de que el disparo provenía del frente, lo que alimentó la teoría de la conspiración.

Para entender el origen de esta investigación, hay que remontarse a 1963, año del asesinato. Álvarez tenía una conexión personal con Kennedy. Aunque era políticamente conservador, se había afiliado al Partido Demócrata motivado por su admiración hacia el presidente. Consideraba a Kennedy un héroe y se reunió con él en dos ocasiones. La muerte de Kennedy le afectó profundamente.

Al principio, Álvarez aceptó las conclusiones de la Comisión Warren, que atribuían el crimen a un único autor, Lee Harvey Oswald. Sin embargo, con el tiempo, surgieron dudas: muchos cuestionaban la plausibilidad de un solo tirador. Uno de los argumentos más destacados a favor de una conspiración era precisamente el movimiento de la cabeza de Kennedy, que parecía incompatible con un disparo desde atrás.

Un estudiante de Álvarez, Paul Hoch, le señaló este problema. El brusco movimiento de la cabeza tras el tercer disparo se interpretaba como evidencia de un impacto frontal. Esto era crucial: si el disparo provenía de atrás, la hipótesis del tirador solitario se mantenía; si venía de delante, implicaba la presencia de otro atacante y, por ende, una conspiración.

Álvarez intentó explicar el fenómeno como una simple relajación muscular posterior al impacto, pero esta idea resultaba poco convincente. Entonces, Hoch le recomendó el libro “Seis segundos en Dallas", de Josiah Thompson, que defendía la existencia de una conspiración a partir de evidencias físicas. Aunque Álvarez no compartía sus conclusiones, valoró su enfoque analítico.

Durante un viaje en 1969, mientras leía ese libro, Álvarez tuvo una intuición clave. Reconoció que los críticos acertaban en un aspecto: el movimiento de la cabeza no era una caída pasiva, sino consecuencia de una fuerza real. Sin embargo, discrepaba en su interpretación. En su habitación de hotel desarrolló una explicación alternativa basada en principios físicos.

La teoría de Álvarez proponía que el impacto no debía entenderse como una simple colisión entre bala y cráneo, sino como un fenómeno más complejo. Según Álvarez, al atravesar la cabeza, la bala provoca una expulsión violenta de materia -fragmentos óseos y tejido cerebral- en la misma dirección del disparo. Este material puede transportar más impulso que la propia bala y, como consecuencia, la cabeza experimentaría una reacción en sentido opuesto, de manera similar al funcionamiento de un cohete. Este “efecto de chorro” (o Jet Recoil Mechanism, como lo designaría Álvarez), basado en la tercera ley de Newton, explicaría por qué la cabeza se desplaza hacia atrás incluso si el disparo proviene desde atrás.

Aunque la teoría resultaba elegante, necesitaba comprobarse empíricamente y fue entonces cuando Hoch sugirió realizar un experimento práctico con un modelo físico.

Esto condujo a las pruebas en el campo de tiro de San Leandro. En el experimento final, se disparó contra siete melones, y en seis de ellos se observó el efecto previsto: los blancos se desplazaron hacia atrás, en dirección al tirador. Estos resultados parecían respaldar la teoría de Álvarez y reforzar la idea de que no era necesario suponer la existencia de un segundo tirador para explicar el movimiento de la cabeza de Kennedy.

En definitiva, la historia de Álvarez y su experimento ilustra tanto la capacidad explicativa de la física como sus limitaciones cuando se enfrenta a fenómenos complejos del mundo real. También recuerda que la ciencia no siempre avanza de forma lineal ni completamente objetiva, sino que está influida por decisiones humanas, interpretaciones y, en ocasiones, omisiones estratégicas.

 

EL HOMBRE QUE IDENTIFICÓ A LEE H. OSWALD

Justo en ese punto donde estoy con cara de felicidad, el cruce de las calles Houston con Elm, en la Plaza Dealey, estaba apostado el 22 de noviembre de 1963 Howard Leslie Brennan, un instalador de sistemas de vapor de 45 años de edad, justo en frente del Depósito de Libros de Texto de Texas. Bueno, a decir verdad, él se sentó encima del murete de contención que está a mi espalda. Se le puede ver en varias cintas filmadas allí aquel día, con su ropa de trabajo y su casco gris oscuro.

Aquella mañana fue a almorzar a las 12:00 en una cafetería que había en el cruce de las calles Main y Record, a pocos metros de donde hoy se asienta el monumento John F. Kennedy Memorial Plaza. A las 12:18 salió en dirección a la Plaza Dealey desde donde quería ver el desfile del presidente. Se acuerda perfectamente de la hora porque debía volver en breve al trabajo e iba midiendo en tiempo con precisión. Mientras esperaba, pudo ver a un hombre en lo que hoy conocemos como “el nido del tirador”. Estaba allí sin ningún motivo aparente, salvo el mismo que había congregado a decenas de personas en las inmediaciones: aplaudir el paso del presidente.

Unos diez minutos después, pudo ver desde su privilegiada posición la limusina presidencial tomando muy lentamente la calle Elm desde Houston y, cuando estaban a unos 30 metros, Brennan oyó lo que pensó que era el petardeo de un tubo de escape. Pero la reverberación de aquel ruido hizo que mirara hacia el depósito de libros, justo al otro lado de la calle. Y entonces levantó la mirada.

Brennan vio a aquel desconocido en la misma ventana sureste de la sexta planta, con lo que le pareció un fusil de precisión en las manos. Vio cómo se echaba el fusil a la cara y cómo disparaba en dirección al coche del presidente. Más tarde, le vio apoyar la culata en el suelo —o quizá sobre las cajas de cartón apostadas frente a la ventana—, mirar por un instante hacia la acción que ocurría en la calle, y desaparecer hacia el interior. Declaró posteriormente que “no parecía tener ninguna prisa”.

Brennan también declaró haber visto a tres hombres de color en las ventanas inmediatamente inferiores, en la quinta planta —posteriormente identificados como Bonnie Ray Williams, Harold Norman, y James Jarman, Jr. —, y afirmó que los había visto mirando hacia arriba, como si estuvieran intentando ver de dónde procedían los disparos. Describió todo cuanto tenía ante sí, porque, además de que no tenía nada que obstaculizara su visión, un oftalmólogo declaró que Brennan tenía una visión de 10 sobre 10.
Acerca del hombre del arma de la sexta planta, declaró que debía tener en torno a 30 años, de complexión delgada y no muy alto. Que no llevaba gorro o sombrero y que “llevaba unas ropas de color claro, tirando a caqui.” Además dijo que le pareció ver que llevaba una chaqueta o jersey ligero, aunque no pudo mostrar convicción en este punto.

El día 22 acudió a una rueda de identificación en el Departamento de Policía de Dallas, donde identificó a Lee Harvey Oswald como “el sujeto que más se parecía a la persona que vio disparando desde la ventana de la sexta planta del TSBD”, aunque no pudo confirmar a ciencia cierta que fuera la misma persona… pero esta reticencia tenía truco: tres semanas tras la rueda, el 17 de diciembre de 1963, comunicó al FBI que no tuvo ninguna duda de que el hombre que vio en la ventana era Lee Harvey Oswald. Y declaró ante la Comisión Warren que creía que el asesinato formaba parte de una conspiración, y que temía por su seguridad y la de su familia si identificaba con certeza al tirador durante la rueda de reconocimiento. Asimismo afirmó que, una vez que Oswald había sido asesinado, ya no consideró peligroso identificarlo.

No hay forma de saber cuándo dijo Brennan la verdad: cuando no pudo asegurar si se trataba del mismo hombre durante la rueda de reconocimiento, o unas semanas después, cuando se desdijo ante el FBI. Me parece plausible pensar que un hombre sencillo, un hombre de familia, un trabajador que huyó de cualquier tipo de reconocimiento por lo que había visto en la Plaza Dealey —solo hay que ver que apenas se conocen fotografías suyas—, tuviera miedo por sí mismo y por su familia y, sabiéndose probablemente la única persona que conocía el rostro del asesino de Kennedy, decidiera mostrar incertidumbre a la hora de aseverar semejante convicción. Puede que conocer sus actos posteriores a sus declaraciones ante la policía, el FBI y en Servicio Secreto, nos haga entrever un poco de la verdad: cuando por fin volvió a su casa a las tres de la tarde, tuvo una conversación con su mujer y, desbordado por una sensación de inseguridad y miedo —simple y llanamente— le pidió a su mujer que cogiera a su hija y se fuera a un lugar seguro y secreto. Ese mismo día le llamó el jefe de policía para indicarle que le iba a enviar un coche que le llevaría hasta la comisaría para atender una rueda de identificación. Brennan le confesó a su esposa que no haría una identificación positiva de nadie. Estaban totalmente aterrados ante las posibles represalias.



Pero los más conspiranoicos opinan que Brennan sufrió intimidación para hacerle cambiar de opinión tan solo tres semanas después de los hechos… ¿Para qué? Oswald ya estaba muerto. Si su propósito era incriminarlo con seguridad, ¿no llegaba un poco tarde? Las conclusiones de la investigación no se publicarían hasta meses después, y si la comisión Warren hubiera tomado otros derroteros, y se hubiera demostrado fehacientemente que Lee estaba en ese mismo instante, qué sé yo, jugando a cartas con otros tres trabajadores en la azotea del edificio… ¿Cómo hubieran quedado Brennan y su testimonio?



Curiosamente, a Howard Brennan le debemos también que la descripción —aproximada— de Oswald fuera radiada por la policía pocos minutos después de los sucesos en la Plaza Dealey, mucho antes de que Roy Truly, el supervisor del Depósito de Libros, se diera cuenta de que él era el único trabajador que faltaba en su puesto: tras lo que había visto, Brennan se quedó en las inmediaciones hasta que el primer coche de policía aparcó frente al edificio. Se acercó hasta el agente y le dijo “yo he visto a alguien disparando desde allí arriba”. El agente retransmitió las palabras exactas de Brennan a las 12:36 minutos, exactamente seis minutos después del tiroteo: «Atención a todas las patrullas. Atención a todas las patrullas. Según los informes, el sospechoso de la esquina de Elm y Houston es un hombre blanco de unos 30 años, de complexión delgada, 1,78 m de altura y 75 kg de peso, armado con lo que se cree que es un fusil del calibre 30-30».