| Foto Manny Marín |
Las pistas falsas investigadas por el FBI fueron incontables. Durante meses, tanto la policía como el servicio secreto, como la CIA, como el mismo FBI, se dedicaron a recoger testimonios de los mismos implicados y tuvieron que desmenuzar cada uno de aquellos datos, para intuir qué pistas eran fiables y cuáles pertenecían al enorme grupo de despropósitos, que no hacían sino confundir a los analistas. Hoy pondremos sobre la mesa uno que, en sí, no supuso un verdadero desafío al Buró, pero que a mí me costó meses de búsqueda en un tiempo en el que el gran volumen de información no estaba todavía desclasificada o digitalizada.
El 15 de octubre de 1963, poco más de un mes antes del magnicidio, el periódico Dallas Morning News publicó una escueta nota en la sección de mensajes personales breves del periódico, que dictaba:
“’RUNNING
MAN.’ Please call me. Please, please. LEE” –‘CORREDOR’. Por favor, llámame. Por favor, por favor. LEE—
Al día siguiente, el mismo periódico y en la misma sección,
publicaba otro extraño reclamo:
“I WANT THE RUNNING
MAN. Please, call me. LEE” –Busco
al corredor. Por favor, llámame. LEE—.
Y un día después, el jueves 17, volvía aparecer la ya
desesperada petición:
“I’VE
just got to find “THE RUNNING MAN”. Please call me. LEE” -TENGO que encontrar al CORREDOR. Por favor,
llámame. LEE-
El juez Burt W. Griffin fue asesor jurídico adjunto de la
Comisión Warren, y el 24 de marzo de 1964 remitió una carta a James Lee Rankin,
que ocupara el cargo de asesor jurídico de dicha Comisión —por cierto, su hijo
donó a los Archivos Nacionales los expedientes que Rankin mantuvo a lo largo de
la investigación de la Comisión Warren, y contienen numerosos borradores de
cada capítulo del informe final de la Comisión, así como memorandos,
correspondencia, entrevistas, informes de investigación y artículos de
periódicos y revistas relacionados con el asesinato—. En aquella carta, instruía
a algunos miembros de la comisión a acometer algunos puntos importantes, e
instaba a Richard M. Mosk —magistrado del Tribunal de Apelación de California, que
el día 2 de enero solicitó formalmente ayudar en las tareas de investigación
para la Comisión Warren—, que:
“Consulte las
secciones de anuncios clasificados del Dallas Morning News y del resto de
periódicos de Dallas archivados en la Biblioteca del Congreso correspondientes
al periodo comprendido entre el 10 y el 15 de octubre para determinar si
aparece (supuestamente el 15 de octubre de 1963) el anuncio personal que dice:
«Corredor. Por favor, llámame. Por favor. Por favor. Firmado: Lee».
Obediente, Mosk redactó un memorándum donde descubría el entuerto: aquellos anuncios publicados en el Dallas Morning News era una pintoresca campaña de promoción para la película británica “The Running Man” —adaptada en España como El precio de la muerte—, que precisamente se estrenaba en el Cine Capri de Dallas aquellos días. Al parecer, la promoción pretendía insinuar que los mensajes del periódico los mandaba la protagonista femenina del filme, Lee Remick, y no el presunto magnicida, Lee H. Oswald.
Sin embargo, Mosk sugería en su memorando que, si la comisión deseaba tener todos los datos relativos a la campaña, debería encomendarse la tarea al FBI, quienes tendrían acceso a los pormenores y los aspectos privados de la investigación.
Y, por supuesto, el director del FBI, J. Edgar Hoover, remitió una carta a principios de abril donde corroboraría los detalles intrínsecos, como el cuándo e incluso quién puso el anuncio en el periódico. Lo que en un principio se trataba de una inocente forma de empujar a la audiencia hasta los cines, se había convertido en la sospecha de que Oswald era parte de una conspiración.
Me costó, hace muchos años, encontrar los periódicos de la época, constatando además que existen varios anuncios de la película en la sección de espectáculos, y descubrí que dicha táctica, peculiar y críptica sin duda, no era una práctica promocional excepcional en los cines de entonces.
Del mismo modo, aquellos tres breves anuncios en un periódico local no fueron los únicos contratiempos que encontraron la comisión y el FBI durante la precipitada investigación, que se vieron obligados a invertir medios y efectivos en analizar las pistas e indicios para intentar descubrir qué había ocurrido en la Plaza Dealey aquel fatídico día.
La presión social era implacable. No podían dejar ningún
cabo sin atar. No podían volver a cometer otro error.
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