Justo en ese punto donde estoy con cara de felicidad, el
cruce de las calles Houston con Elm, en la Plaza Dealey, estaba apostado el 22
de noviembre de 1963 Howard Leslie Brennan, un instalador de sistemas de vapor
de 45 años de edad, justo en frente del Depósito de Libros de Texto de Texas.
Bueno, a decir verdad, él se sentó encima del murete de contención que está a
mi espalda. Se le puede ver en varias cintas filmadas allí aquel día, con su
ropa de trabajo y su casco gris oscuro.

Aquella mañana fue a almorzar a las 12:00 en una cafetería
que había en el cruce de las calles Main y Record, a pocos metros de donde hoy
se asienta el monumento John F. Kennedy Memorial Plaza. A las 12:18 salió en
dirección a la Plaza Dealey desde donde quería ver el desfile del presidente.
Se acuerda perfectamente de la hora porque debía volver en breve al trabajo e
iba midiendo en tiempo con precisión. Mientras esperaba, pudo ver a un hombre en
lo que hoy conocemos como “el nido del tirador”. Estaba allí sin ningún motivo
aparente, salvo el mismo que había congregado a decenas de personas en las
inmediaciones: aplaudir el paso del presidente.

Unos diez minutos después, pudo ver desde su privilegiada
posición la limusina presidencial tomando muy lentamente la calle Elm desde
Houston y, cuando estaban a unos 30 metros, Brennan oyó lo que pensó que era el
petardeo de un tubo de escape. Pero la reverberación de aquel ruido hizo que
mirara hacia el depósito de libros, justo al otro lado de la calle. Y entonces
levantó la mirada.
Brennan vio a aquel desconocido en la misma ventana sureste
de la sexta planta, con lo que le pareció un fusil de precisión en las manos.
Vio cómo se echaba el fusil a la cara y cómo disparaba en dirección al coche
del presidente. Más tarde, le vio apoyar la culata en el suelo —o quizá sobre
las cajas de cartón apostadas frente a la ventana—, mirar por un instante hacia
la acción que ocurría en la calle, y desaparecer hacia el interior. Declaró
posteriormente que “no parecía tener ninguna prisa”.
Brennan
también declaró haber visto a tres hombres de color en las ventanas
inmediatamente inferiores, en la quinta planta —posteriormente identificados
como Bonnie
Ray Williams, Harold Norman, y James Jarman, Jr. —, y afirmó que los había
visto mirando hacia arriba, como si estuvieran intentando ver de dónde
procedían los disparos. Describió todo cuanto tenía ante sí, porque, además de
que no tenía nada que obstaculizara su visión, un oftalmólogo declaró que
Brennan tenía una visión de 10 sobre 10.
Acerca del hombre del arma de la sexta planta, declaró que debía tener en
torno a 30 años, de complexión delgada y no muy alto. Que no llevaba gorro o
sombrero y que “llevaba unas ropas de color claro, tirando a caqui.” Además
dijo que le pareció ver que llevaba una chaqueta o jersey ligero, aunque no
pudo mostrar convicción en este punto.

El día 22 acudió a una rueda de identificación en el Departamento de
Policía de Dallas, donde identificó a Lee Harvey Oswald como “el sujeto que más
se parecía a la persona que vio disparando desde la ventana de la sexta planta
del TSBD”, aunque no pudo confirmar a ciencia cierta que fuera la misma
persona… pero esta reticencia tenía truco: tres semanas tras la rueda, el 17 de
diciembre de 1963, comunicó al FBI que no tuvo ninguna duda de que el hombre
que vio en la ventana era Lee Harvey Oswald. Y declaró ante la Comisión Warren
que creía que el asesinato formaba parte de una conspiración, y que temía por
su seguridad y la de su familia si identificaba con certeza al tirador durante
la rueda de reconocimiento. Asimismo afirmó que, una vez que Oswald había sido
asesinado, ya no consideró peligroso identificarlo.

No hay forma de saber cuándo dijo Brennan la verdad: cuando no pudo
asegurar si se trataba del mismo hombre durante la rueda de reconocimiento, o
unas semanas después, cuando se desdijo ante el FBI. Me parece plausible pensar
que un hombre sencillo, un hombre de familia, un trabajador que huyó de
cualquier tipo de reconocimiento por lo que había visto en la Plaza Dealey
—solo hay que ver que apenas se conocen fotografías suyas—, tuviera miedo por
sí mismo y por su familia y, sabiéndose probablemente la única persona que conocía
el rostro del asesino de Kennedy, decidiera mostrar incertidumbre a la hora de aseverar
semejante convicción. Puede que conocer sus actos posteriores a sus declaraciones
ante la policía, el FBI y en Servicio Secreto, nos haga entrever un poco de la
verdad: cuando por fin volvió a su casa a las tres de la tarde, tuvo una
conversación con su mujer y, desbordado por una sensación de inseguridad y
miedo —simple y llanamente— le pidió a su mujer que cogiera a su hija y se
fuera a un lugar seguro y secreto. Ese mismo día le llamó el jefe de policía
para indicarle que le iba a enviar un coche que le llevaría hasta la comisaría
para atender una rueda de identificación. Brennan le confesó a su esposa que no
haría una identificación positiva de nadie. Estaban totalmente aterrados ante
las posibles represalias.

Pero los más conspiranoicos opinan que Brennan sufrió intimidación para
hacerle cambiar de opinión tan solo tres semanas después de los hechos… ¿Para
qué? Oswald ya estaba muerto. Si su propósito era incriminarlo con seguridad,
¿no llegaba un poco tarde? Las conclusiones de la investigación no se
publicarían hasta meses después, y si la comisión Warren hubiera tomado otros
derroteros, y se hubiera demostrado fehacientemente que Lee estaba en ese mismo
instante, qué sé yo, jugando a cartas con otros tres trabajadores en la azotea
del edificio… ¿Cómo hubieran quedado Brennan y su testimonio?

Curiosamente, a Howard Brennan le debemos también que la
descripción —aproximada— de Oswald fuera radiada por la policía pocos minutos
después de los sucesos en la Plaza Dealey, mucho antes de que Roy Truly, el
supervisor del Depósito de Libros, se diera cuenta de que él era el único
trabajador que faltaba en su puesto: tras lo que había visto, Brennan se quedó
en las inmediaciones hasta que el primer coche de policía aparcó frente al
edificio. Se acercó hasta el agente y le dijo “yo he visto a alguien disparando
desde allí arriba”. El agente retransmitió las palabras exactas de Brennan a
las 12:36 minutos, exactamente seis minutos después del tiroteo: «Atención a
todas las patrullas. Atención a todas las patrullas. Según los informes, el
sospechoso de la esquina de Elm y Houston es un hombre blanco de unos 30 años,
de complexión delgada, 1,78 m de altura y 75 kg de peso, armado con lo que se
cree que es un fusil del calibre 30-30».
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