LA HONORABILIDAD DE ABRAHAM ZAPRUDER


Abraham Zapruder, nacido en Ucrania en 1905, fue un fabricante de ropa para mujer estadounidense, que tuvo la desdicha de filmar accidentalmente el asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas, el 22 de noviembre de 1963. A pesar de que hubo otras que captaron el momento en que una bala sesgó la vida del presidente, su película casera de 26 segundos se convirtió en la grabación más detallada y crucial del magnicidio. Y digo desdicha porque aquel suceso marcaría drásticamente el resto de su vida, convirtiéndolo en un hombre traumatizado hasta que falleció en 1970.

Ni siquiera recordó traer su cámara aquella mañana. Una de sus secretarias le animó a que volviera a casa y trajera su nueva cámara, una Bell and Howell Zoomatic Director Series (Modelo 414 PD), que había adquirido hacía unos meses, y que filmaba en película de 8mm. Y también fue ella quien le dijo que sería una buena idea ver la comitiva a pie de calle, y no desde la ventana de sus oficinas en la esquina de la calle Elm, en el segundo piso del Edificio Dal-Tex, justo al lado de la Plaza Dealey. De hecho, fue con ella y se encaramaron juntos sobre la peana del extremo oeste de la Pérgola, desde donde Zapruder filmaría toda la secuencia.


El empresario recibió muchas críticas por haber hecho negocio del tan trágico suceso: inmediatamente después, el jefe de la oficina del Servicio Secreto en Dallas, Forrest Sorrels, lo acompañó hasta un laboratorio para revelar su película, de la que hicieron tres copias. Solo una de ellas se la quedó Zapruder y la vendió unos días después a la revista Time Life por 25000 dólares —unos 230000 euros actualmente—. Y, naturalmente, surgieron las críticas que todavía hoy ahondan en la honorabilidad del empresario por haber hecho tantísimo dinero de la desdicha de toda una nación.

Y es que, la mayoría de las veces, la gente solo escucha una parte de la verdad, si tiene la oportunidad de hacer leña de un árbol caído.

Abraham Zapruder entregó todo ese capital a asociaciones benéficas del departamento de Policía y el grupo de Bomberos de Dallas. Además, solicitó que parte del dinero fuera destinado a sufragar los gastos del entierro del agente de policía J.D.Tippit, que también fuera asesinado en Dallas aquel 22 de noviembre. Pero ahí no queda todo.

La empresa Bell and Howell le solicitó que les cediera su cámara para sus archivos históricos, y Zapruder quedó tan traumatizado con aquella vivencia que no lo pensó ni un momento: les remitió su cámara nueva sin pedir ninguna compensación a cambio. Aun así, Bell and Howell tuvo a bien regalarle un proyector de sonido profesional —bastante más caro que la cámara de la que se había desprendido—… Y Zapruder lo cedió a un centro de la tercera edad, el Golden Age Group, para su disfrute en sus instalaciones.

¡Abraham Zapruder no quiso tener ningún vínculo ni beneficio con el trance que marcaría el resto de su vida! Lamentablemente, este detalle no aparece reflejado en ninguno de los documentales y películas que abordan aquellos acontecimientos, pero el empresario pasó sumido en una profunda depresión muchos meses, con graves periodos de insomnio y trastornos en su personalidad. Llegó incluso a llorar ante los miembros de la comisión Warren cuando fue entrevistado en julio de 1964 —ocho meses después del magnicidio—, al revivir la experiencia.

La revista Time Life estuvo sacando fotogramas de aquella película durante años en sus páginas. El investigador Robert Groden la obtuvo de manera clandestina mientras trabajaba como técnico de laboratorio. Pudo hacer una copia pirata de alta calidad (posiblemente de una versión de 16mm o 35mm que la revista mandó fabricar en los años 60) y que el propio Groden ya mostraba en ponencias y simposios de investigación. En 1975, un productor de la cadena ABC se puso en contacto con él y le invitó a mostrarla en el programa del periodista Geraldo Rivera, Good Night America, el 6 de marzo de 1975.

En ese momento, la revista era todavía la dueña legal de los derechos de autor y prohibía su emisión. Rivera tuvo que indemnizar personalmente a la cadena ABC para que aceptaran emitir el programa, asumiendo el riesgo de una demanda millonaria que finalmente no ocurrió.

Gracias a la presión pública que generó esta emisión, la familia Zapruder recuperó los derechos de la película poco después por el pago simbólico de un dólar.

Zapruder no hizo ni un centavo de aquella película. De hecho, solamente tuvo pérdidas en su vida personal y estabilidad emocional. Nunca persiguió fama o dinero de su experiencia: curiosamente, fue una de las primeras personas que apareció en televisión aquel mismo 22 de noviembre narrando su experiencia, desmoronándose también ante los millones de americanos que necesitaban saber qué diablos había pasado en Dallas, y, desde entonces, puedes comprobarlo buscando su nombre en las redes, se conocen muy pocas fotografías del empresario.

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