UN MENTIROSO COMPULSIVO EN DEALEY PLAZA




Arnold Louis Rowland
fue con su mujer, Barbara, a ver la comitiva presidencial a la Plaza Dealey. Es muy probable que viera al tirador apostado en la ventana de la esquina suroeste de la sexta planta del Depósito de libros quince minutos antes de que éste disparara contra la comitiva, porque le dijo a ella que había visto a un “agente del servicio secreto” en aquella ventana, a pesar de que ella nunca llegó a verlo. Ambos se dirigieron hacia el montículo de hierba y él encontró un bolígrafo publicitario que entregó a un agente de policía, comentándole que había visto a alguien con un fusil en la sexta planta de aquel edificio, y aquel hombre los llevó hasta las dependencias policiales, donde prestaron declaración, como otro centenar de testigos presentes en la Plaza Dealey aquella mañana. Hasta aquí, todo bien.

Pero entonces Arnold fue completando —más bien, adornando con pormenores trascendentales— su declaración.

Cuando apareció ante la comisión Warren, el 10 de marzo de 1964, reportó otros detalles que, según su testimonio, fueron ignorados expresamente por los agentes que, hasta en siete ocasiones, le entrevistaron en los días posteriores al suceso. Según Rowland, aquellos agentes estaban solo interesados en testigos que pudieran identificar sin ninguna duda a Oswald, y no prestaron ninguna atención al resto de su testimonio.

Aquellos detalles se referían a un sujeto de raza negra, delgado y de unos 55 años, casi calvo o con el pelo muy corto, con un suéter rojo o verde de color intenso, que vio en la misma sexta planta, pero en la esquina suroeste. Es decir, en el otro extremo de la fachada. Vio a aquel hombre unos diez minutos antes de reparar en el supuesto agente secreto con el fusil. Simplemente estaba allí de pie, mirando por la ventana. Eso es lo que dijo ante la comisión, pero en 1974, entrevistado ante las cámaras de TV por el periodista Lincoln Carle, afirmó que aquel hombre de color también llevaba un fusil… y, claro, resulta sospechoso.

Naturalmente, la comisión abrió una investigación para analizar aquella historia y descubrir a los agentes del FBI que habían omitido deliberadamente una información trascendental. Y sus conclusiones fueron realmente apabullantes.

La comisión remitió una solicitud al FBI para que esclareciera los hechos, pero también remitió los datos personales que Rowland, un estudiante que trabajaba a tiempo parcial en una pizzería, había ofrecido sobre sí mismo durante su deposición: el joven afirmaba que había sido sometido a un test de inteligencia en su último curso, en mayo de 1963, donde había obtenido un 147 de coeficiente intelectual —indica una capacidad cognitiva muy superior o genialidad—, obteniendo una media de 10 en sus calificaciones. Así mismo, afirmó haber estudiado en el instituto W.H. Adamson, y que había sido aceptado en la Universidad pública de Texas A&M ubicada en College Station, estado de Texas. Sus ojos habían sido inspeccionados recientemente en la firma Finn and Finn, obteniendo unos resultados superiores a 20 sobre 20.

A pesar de que no es trascendental para la investigación, cabe comentar que Arnold y Barbara se habían fugado en mayo de 1963 para casarse en Arkansas, y que la madre de Barbara solicitó la ayuda del FBI para saber qué había sido de su hija. Lo que sí es importante es saber que a Arnold se le había hecho dos pruebas de inteligencia, una en 1959, donde obtuvo un resultado de 109, y otra en la primavera de 1963, donde tuvo un CI de 126 —y no los 147 que dijo ante la comisión—.

Acerca de las calificaciones que afirmó haber tenido, el FBI descubrió que Rowland fue expulsado en dos ocasiones por faltas de asistencia en el Adamson High School, y que le fue denegada una posterior solicitud debido al historial con dicha institución. John R. Ligon, asistente de dirección en dicho centro, recordaba perfectamente a Rowland debido a que fue su consejero mientras estudiaba y tuvo discusiones con él debido a su absentismo, y afirmó que este estudiante “NO DUDABA EN INVENTAR UNA EXCUSA PARA JUSTIFICAR SUS ACTOS O CONSEGUIR UN BENEFICIO”. Recordemos esta afirmación, porque la veremos a menudo. Además, apuntó que no era un estudiante conflictivo, pero que parecía creerse superior a todos sus compañeros y profesores, y que merecía un tributo o consideraciones especiales solo por ser quien era, y aconsejó a los agentes del Servicio Secreto que “la veracidad de cualquier cosa que Rowland dijera debía ser cuestionada”.

¿Seguimos? Edith MC Kissock, decana del Instituto Tecnológico Crozier de Dallas, fue la consejera de Rowland entre 1960 y 1961. Afirmó que éste fue aceptado en el instituto tras haber sido rechazado por el Adamson High School —tras sus repetidas faltas de absentismo—, y concluyó que “no podía confiar en ninguna de las afirmaciones de Rowland en ninguna materia, confirmándose como un cómplice y prevaricador, si con ello podía sacar provecho de cualquier situación” —nos suena, ¿verdad? —. Además, afirmó que nunca recibió ningún curso de sonido o efectos del eco en las dependencias del instituto, como él afirmó ante la comisión.

Por otro lado, la jefa y responsable del departamento de admisiones de la Universidad Metodista del Sur, donde Rowland afirmaba estar estudiando, Polly Redfern, afirmó que no tenían registro de ningún alumno con ese nombre, y recalcó que nadie podía registrarse en dicha institución si no existía el informe de resultados académicos de un organismo previo. Es decir, la hoja de estudios del instituto donde había cursado estudios el solicitante. Arnold Rowland no podía acreditar haber finalizado los estudios previos a la universidad.

Para colmo, John E. Finn, socio de la firma Finn & Finn, optometristas, negó taxativamente ante el servicio secreto tener una ficha a nombre de Rowland, confirmando que jamás había atendido a este paciente.

Cuando existen tantas contradicciones en un testimonio, quedan pocas dudas de que podría existir un afán conflictivo en su declaración. Pero lo peor todavía tenía que llegar: el FBI remitió su investigación sobre Rowland a la comisión el 9 de abril de 1964 con las discrepancias que habían encontrado en su declaración, pero ésta solicitó a la mujer del testigo, Barbara, que estuvo con él en la Plaza Dealey aquel 22 de noviembre, que acudiese a prestar testimonio justo dos días antes, el 7 de abril… y los resultados no pudieron ser más catastróficos para Arnold.

Muy pronto en su deposición dijo que las calificaciones que su marido decía haber obtenido no eran reales, porque había tenido uno de los boletines en sus manos y distaban mucho del montón de “A” del que su marido se jactaba. Pero poco después estalló la sorpresa cuando confesó que Arnold nunca le dijo que había visto a un segundo hombre en la sexta planta. El abogado de la comisión, David W. Belin, insistió varias veces en la cuestión, habida cuenta de que ella estuvo en varias de las entrevistas que sostuvo con los agentes del FBI en los días subsiguientes al magnicidio, y su respuesta fue siempre tajante y definitiva: “No, él nunca ha dicho en mi presencia que hubiera otro hombre en la sexta planta, aparte del hombre del fusil”.

Belin intuyó entonces que había encontrado un punto de inflexión en el testimonio del testigo y expuso:

-        “Algunas personas son proclives a exagerar más que otras, y sin querer restar en ningún modo veracidad a lo que su marido dijo haber visto en el edificio en ese momento, por su experiencia personal, ¿cree que puede confiar en todo cuanto su marido dice?

-        No creo que yo pueda confiar en todo lo que dice cualquiera.

-        Bueno, la verdad es que es un poco injusto que le pregunte a una esposa acerca de su marido, y puede que no esté usando las palabras correctas, pero…

-        A veces mi marido tiende a exagerar lo que dice, como cualquier otra persona. ¿Responde esto a su pregunta?

-        Creo que sí. ¿Hay algo que desee añadir a esto, o no?

-        Normalmente, sus exageraciones no tienen más objetivo que él mismo. Lo hace para alimentar su propio ego. Para sentirse más inteligente de lo que es, o para creer que es mejor vendedor de lo que es, cosas así.”


Una década después de los hechos, como hemos apuntado antes, Arnold Louis Rowland llegó a afirmar ante las cámaras de televisión, que no solo vio a Oswald con un arma, sino que el hombre delgado, calvo y entrado en años que vio en la otra esquina de la sexta planta del Depósito de libros, también llevaba un fusil, algo que nunca dijo ante los miembros de la comisión. Un detalle que no desaprovechó Oliver Stone en su JFK, convirtiéndolo en un testigo de cargo frente a la apabullante evidencia de que todo o casi todo lo que manifestó fue producto de la imaginación desbordada de un mentiroso compulsivo, que quiso ver en el magnicidio una próspera fuente de fama y reconocimiento.

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