Georges Méliès rodó en 1902 su obra maestra “Un viaje a la luna”. En ella, el visionario concibió que un proyectil lanzado con un cañón larguísimo desde la Tierra, podía acertar en la luna, y que una delegación de bigotudos con chistera, pero sin equipo alguno de respiración, podían recolectar los extraños champiñones que crecen en su superficie, y luchar contra los extraños selenitas con aspecto demoníaco que… etcétera, etcétera, etcétera.
Debería pasar muchas décadas para que la ciencia y, sobre todo el sentido común, nos desvelara los errores en el planteamiento del cineasta. Y es que, si no se sabe, tampoco se puede saber si es cierto.
Lo mismo ocurre con una teoría muy socorrida por diversos autores, surgida en los 70 y 80 para ahondar y ratificar la conspiración en el magnicidio de Kennedy, y que solamente a un descerebrado se le podría ocurrir defender… o alguien que no tuviera ni el más mínimo interés en la verdad.
Justo al pie del grassy knoll hay un sumidero o recolector de aguas, que se prestó a los desvaríos de algunas mentes, que quisieron meter en su interior al tirador avanzado, que acertó con un disparo certero en la cabeza del presidente… pero solo en sus anhelos de perpetuar la más delirante de las conspiraciones.
No. Es imposible. Nadie apostado en ese punto podría apuntar a un vehículo que bajara por el carril central de la calle Elm. No hay ángulo para acertar al vehículo, ni elevación suficiente para acertar a nadie en el interior de ese vehículo.
¿Qué ocurre? Que hace 40 y 50 años no existía google-maps, la filmación de Zapruder era todavía una ilusión, y cualquier desaprensivo podía imaginar la más delirante de las paranoias porque, a la larga, siempre algo queda si lo adornas de bonitas palabras, unas flores y colonia.
Sabemos en qué punto exacto estaba JFK cuando recibió el disparo final y, hasta ese preciso instante, el sumidero estaba muy lejos de poder ofrecer un objetivo factible. Jamás se pudo disparar desde ese punto. Jamás hubo nadie apostado en ese punto. Jamás una sola hipótesis ahondando en dicho “nido de tirador” amparó un ápice de verdad. Pero, claro… esta incuestionable verdad vende mucho menos que la idea de un sicario retorciéndose en el cubículo más inhóspito del planeta al paso de una comitiva presidencial.
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