EXHUMANDO A OSWALD


En 1981, desenterraron el cuerpo de Lee Harvey Oswald porque la gente seguía dudando de si era él quien estaba en la tumba del cementerio Rose Hill Memorial Park de Fort Worth, Texas, debido a las teorías conspirativas que aparecieron tras el asesinato del presidente Kennedy.



No fue una maniobra gratuita, sino más bien aclarar dudas de casi 20 años y dar un sonoro carpetazo al tema. Lo que querían confirmar era si realmente era Oswald el que estaba enterrado ahí. Algunos decían que lo habían cambiado por otra persona, sobre todo cuando estuvo en la Unión Soviética. Había rumores de que “el Oswald” que regresó a Estados Unidos no era el mismo que se fue, sino alguien parecido, lo que sugería una conspiración planeada con muchos años de antelación… Lo que tampoco tiene demasiado sentido porque Kennedy llegó a la casa blanca en 1961 y Oswald desertó a Rusia en 1959. Y hay que ser terriblemente bruto para menospreciar a su propia familia a la hora de identificar al hijo pródigo. Pero bueno, sigamos:


Las diferentes teorías observaban diferencias notables en su cuerpo, documentos que no coincidían y testimonios contradictorios. Como las dudas persistían, la familia de Oswald, en particular su esposa Marina, autorizó la exhumación para confirmar de una vez por todas quién era.
Desenterraron el cuerpo y se le realizaron pruebas forenses, incluyendo un análisis dental, que era una forma fiable de identificación en ese tiempo. Al final, todo concordó: la dentadura era la misma, así que sí era Lee. Esto acabó con la idea de que era un impostor y calmó una de las teorías más famosas sobre el caso Kennedy. Además, esto tuvo una importancia capital: mostró que la gente desconfiaba de la versión oficial sobre el asesinato de Kennedy y que a veces es preciso recurrir a la ciencia para aclarar las cosas cuando hay mucha confusión.




Aunque no resolvió todo el misterio del magnicidio, ayudó a aclarar un punto clave… ¡O no!

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